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jueves, 22 de diciembre de 2016

JOSÉ ANGEL VALENTE. LA POÉTICA DEL SILENCIO.

Artículo sobre JOSÉ ANGEL VALENTE

y LA POÉTICA DEL SILENCIO en "Algunas 

trazas blanchotianas" a lo largo de su obra.

 PUBLICADO EN LA  REVISTA NEUTRAL 

POR JOSÉ FERNÁNDEZ  GONZÁLO




José Ángel Valente (1929-2000) fue un escritor español con una capacidad excepcional para la palabra. Tanto su obra poética como su obra ensayística nos ponen sobre aviso de una firme apuesta por la reflexión, la sensibilidad y el hallazgo de los materiales poéticos. Valente constituye el máximo representante de lo que se ha dado en llamar una poética del silencio, el esfuerzo por adelgazar el verso, por desestabilizar el poder de la palabra, su condición histórica, instrumental, hasta el punto de hallar ese punto cero, ese desierto que nos devuelve, reflejado, un ser vacío de sentido, de nombre: “cruzo un desierto y su secreta / desolación sin nombre” (OC, I: 69).  Estas páginas no tienen mayor intención que la de ofrecernos unas trazas de la poética de José Ángel Valente desde una óptica muy concreta: el propio pensamiento de Maurice Blanchot. Valente leyó al filósofo y crítico francés, compartió con su obra no sólo ciertas afinidades temáticas, sino también lecturas (Beckett, Jabès, Kafka… y sobre todo Mallarmé y Paul Celan) y un fino olfato para la comprensión del lenguaje poético, para entender las modalidades de la palabra, su interacción con el silencio, con ese punto cero, dirá Valente, en el que la poesía se vuelve no un decir, sino la cortedad del decir al mismo tiempo que la absoluta posibilidad del decir: Cortedad del decir, insuficiencia del lenguaje. Paradójicamente, lo indecible busca el decir; en cierto modo, como casi al vuelo indica san Juan de la Cruz, en su propia sobreabundancia lo conlleva: «El alma que de él [de la sabiduría y amor a Dios] es informada y movida, en alguna manera esa misma abundancia e ímpetu lleva en él su decir…» («Prólogo», Cántico espiritual). Lo amorfo busca la forma.

Pues la experiencia mística carece en realidad de forma, es experiencia de lo amorfo, indeterminada, inarticulada. «¿Cómo dar forma a lo que no la tiene?», exclama Enrique Suso. Y, sin embargo, la experiencia de lo que no tiene forma busca el decir, se aloja de algún modo en un lenguaje cuya eficacia acaso esté en la tensión  máxima a que lo obliga su propia cortedad. En el punto de máxima tensión, con el lenguaje en vecindad del estallido, se produce la gran poesía, donde lo indecible como tal queda infinitamente dicho” (OC, II: 87).
Valente compartirá con Blanchot algunos temas fundamentales: la concepción del libro
mallarmeano como autonomía y no doble o reflejo de lo real, el problema del silencio, del vacío, que ha de ser analizado exclusivamente a través del lenguaje, y una especial atención al fenómeno de la escritura, como lo afirma este poema en prosa del escritor español:


La poética de José Ángel Valente. Algunas trazas blanchotianas en su obra Jorge Fernández Gonzalo Universidad Complutense de Madrid.--- jfgvk@hotmail.com


CRÍTICA LITERARIA
 
ESCRIBIR es como la segregación de las resinas; no es acto, sino lenta formación natural. Musgo, humedad, arcillas, limo,  fenómenos del fondo, y no del sueño o de los sueños, sino de los barros oscuros donde las figuras de los sueños fermentan. 
Escribir no es hacer, sino aposentarse, estar.
(OC, I: 423)

Una escritura que acaba, en cierto modo, por sustituir al hombre, al escritor, por relevarlo. El escritor, su biografía: murió, vivió, murió”, dirá, en La escritura del desastre, el filósofo Maurice Blanchot. Valente, por su parte, llegará a similares conclusiones como lo demuestra su poema «Criptomemorias»:


Criptomemorias

Debiéramos tal vez
reescribir despacio nuestras vidas,
hacer en ellas cambios de latitud y fechas,
borrar de nuestros rostros en el álbum materno
toda noticia de nosotros mismos.
Debiéramos dejar falsos testigos,
perfiles maquillados,
huellas rotas,
irredentas partidas bautismales.
O por toda memoria,
una aventura abierta,
un bastidor vacío, un fondo
irremediablemente blanco para el juego infinito
del proyector de sombras.
Nada.
de ser posible, nada.
(OC, I: 342-434)

Para José Ángel Valente la poesía es, ante todo, un medio de conocimiento de la realidad, una huida de las formas instrumentales del lenguaje, una suerte de retracción, de retorno a un punto de origen que permitiría a la poesía hacer acopio de todo lo dicho, de todo lo por decir, bajo la forma de una semilla del silencio, de una mandorla impenetrable por el sentido o el poder. Comparte, con Blanchot, esa experiencia de la palabra poética como pulsión hacia el origen, antepalabra, como restauración de un mutismo esencial, si bien en el autor francés la obra se escribe para hacer acopio de silencio, para instaurar, a través de su presencia, su no-presencia, su propio vacío, mientras que en Valente hay una tendencia muy clara al silencio como adelgazamiento de la voz, a la blancura de la página como si en un solo verbo, en una letra, pudiera caber todo el alfabeto, todo lo por-decir del lenguaje. Así lo explicaba el propio Valente en estos párrafos de su texto titulado «Cinco fragmentos
para Antoni Tàpies»:  “Quizá el supremo, el solo ejercicio radical del arte sea un ejercicio de retracción. Crear no es un acto de poder (poder y creación se niegan); es un acto de aceptación o reconocimiento. Crear lleva el signo de la feminidad. No es acto de penetración en la materia, sino pasión de ser penetrado por ella. Crear es generar un estado de disponibilidad, en el que la primera cosa creada es el vacío, un espacio vacío. Pues lo único que el artista acaso crea es el espacio de la creación. Y en el espacio de la creación no hay nada (para que algo pueda ser en él creado). La creación de la nada es el principio absoluto de toda creación” (OC, I: 387)

Mucha poesía ha sentido la tentación del silencio. Porque el poema tiende por naturaleza al silencio. O lo contiene como materia natural. Poética: arte de la composición del silencio. Un poema no existe si no se oye, antes que su palabra, su silencio” (OC, I: 388)
Así vemos como sus poemas parecen reducirse hasta rozar las formas del silencio, la página en blanco mallarmeana:


LA PEQUEÑA luz

de los colibríes
en las ramas
del amanecer.
Bebían la flor, bebían
su naturaleza en ella.
Y la flor despertaba, súbita
en el aire,
encendida,
incendiada, embebida de alas.
(OC, I: 473)
OBJETOS de la noche.
Sombras.
Palabras
con el lomo animal mojado por la dura
transpiración del sueño
o de la muerte.
Dime
con qué rotas imágenes ahora
recomponer el día venidero,
trazar los signos,
tender la red al fondo,
vislumbrar en lo oscuro
el poema o la piedra,
el don de lo imposible.
(OC, I: 377)


II


Olvidar.

Olvidarlo todo.
Abrir
al día las ventanas.
Vaciar
la habitación en donde,
húmedo, no visible, estuvo
el cuerpo.
El viento
la atraviesa.
Se ve sólo en el vacío.
Buscar en todos
los rincones.
No poder encontrarse.

(Memoria de K.)
(OC, I: 444)


Valente ve en esa retracción de la que hablábamos, en ese olvido coincidente en ciertos puntos con la ausencia de obra blanchotiana, una suerte de sacralidad recuperada, de vuelta a los orígenes, a la palabra adánica y, al mismo tiempo, profética: “¿no sería necesario admitir entonces que el lenguaje conlleva la indicación (tensión máxima entre contenido indecible y significante en la palabra poética) de su cortedad y con ella la posibilidad de alojar infinitamente en el significante lo no explícitamente dicho?” (OC, II: 88). O dicho por el verso claro del poeta:

BORRARSE.
Sólo en la ausencia de todo signo
se posa el dios.
(OC, I: 464)

En cierto modo, se trata de situar en la palabra poética esa cortedad del decir que acuña la
mística sanjuanesca, el desastre como abolición de todo lo pensado, habría dicho Blanchot, y que en Valente toma la forma de un “discontinuo vacío / que de pronto, se llena de amenazante luz” (OC, I:298). La palabra poética, por tanto, se abriría a su propia desaparición: Toda experiencia extrema del lenguaje tiende a la disolución de éste. Como
tiende la forma a su disolución en toda experiencia extrema de la forma. La forma en su plenitud apunta infinitamente hacia lo informe. En rigor, su plenitud sólo consistiría en significar lo informe y en desaparecer en ese acto de significación. De ahí que la última significación de la forma sea su nostalgia de disolución. El propio movimiento creador, el Ursatz, el movimiento primario, que podría ser otro aspecto o nombre de lo Único, o del Único o de la Unicidad, opera la abolición infinita de las formas o su reinmersión en el ciclo infinito de la formación” (OC, II: 422). 

El breve artículo «Sobre la desaparición de los signos», participaría de esa misma idea:
¿Sería la sola plenitud del libro la plenitud de la página blanca? Esa idea o esa visión ha acompañado con persistencia la imagen del libro en la modernidad y, por cuanto toca a lo poético, ha obrado como determinante radical. El libro se compone, al igual que el poema, ese raro organismo respirante, con blancos y silencios donde evolucionan las figuras y los signos en un movimiento de aparición y desaparición sin fin.

Leer es entrar en el libro, es decir, en el territorio de su infinita posibilidad. Entrar en su blanco, en su silencio o en su vacío. «Un libro vacío -escribió en el siglo XVII el poeta inglés Thomas Traherne- es como el alma de un recién nacido, en la que todo puede ser escrito. Es capaz de todas las cosas, pues no contiene nada». 

La plenitud del libro es su vacío. De ahí que el libro sea también concavidad, matriz. Por eso, cáliz y libro (grasale y gradale o graduale) se reúnen en el símbolo del Graal, según René Guénon. 

La visión mallarmeana de la página blanca reopera en cierto modo el paso del libro a lo sagrado. En los rituales taoístas de establecimiento de un área sagrada, la ceremonia final consiste en la instauración o colocación de los Cinco Escritos Reales, espontáneamente revelados cuando la creación del universo. En las liturgias que evoca Kristofer Schipper en su bello libro El cuerpo taoísta, esos cinco escritos «reales» o «cósmicos» o «sin imágenes» están representados por hojas de papel virgen, por páginas blancas.

Plenitud de la página blanca donde la incripción perfecta del signo puede hacer, por ejemplo, que el carácter «cigüeña», según sucede en la leyenda del calígrafo chino, se convierta en el ave misma y vuele hasta desaparecer. Lugar, el libro, de la aparición y desaparición de los signos; espacio, como en el Sepher Yetsira, no tanto de la forma como del movimiento infinito del engendramiento o de la formación” (OC, II: 622-623). 

De ahí la importancia que tiene el hueco para el pensamiento de José Ángel Valente, hasta el punto de afirmar que “la plenitud del libro es su vacío. De ahí que el libro sea también concavidad, matriz” (Valente, 2008: 623). A la manera del libro de Mallarmé, que tanto habría de fascinar a Blanchot, Valente confecciona una obra que se escribe para albergar el mundo no por lo que llega a decir, sino por ese silencio que configura, por esa apertura que supone la palabra, esa tensión, habría dicho el poeta gallego, ya no basada en los pliegues del abanico mallarmeano sino el la concavidad simbólica de la determinados materiales: “el cántaro que tiene la suprema / realidad de su forma” (OC, I: 134). Así Valente nos describirá el signo como “un cuenco de barro cocido al sol” y la palabra como “vuelo sin ala”; todo ello como formulaciones del concepto de hueco, espacios cóncavos, mandorla que hemos de completar con lo indecible del lenguaje, con su resto sagrado, con la luz:

El signo
En este objeto breve
a que dio forma el hombre,
un cuenco de barro cocido al sol,
donde la duración de la materia anónima
se hace señal o signo,
la sucesión compacta frágil forma,
tiempo o supervivencia,
se extiende la mirada,
lentamente rodea la delgadez de la invención,
lo que puso la mano en esta poca tierra
tosca y viva.
Aquí, en este objeto
en el que la pupila se demora y vuelve
y busca el eje de la proporción, reside
por un instante nuestro ser,
y desde allí otra vida dilata su verdad
y otra pupila y otro sueño encuentran
su más simple respuesta.
(OC, I: 211)

Palabra A María Zambrano

Palabra
hecha de nada.
Rama
en el aire vacío.
Ala
sin pájaro.
Vuelo
sin ala.
Órbita
de qué centro desnudo
de toda imagen.
Luz,
donde aún no forma
su innumerable rostro lo visible.
(OC, I: 378-379)


Mandorla

Estás oscura en tu concavidad
y en tu secreta sombra contenida,
inscrita en ti.
Acaricié tu sangre.
Me entraste al fondo de tu noche ebrio
de claridad.
Mandorla.
(OC, I: 409)

IX
Bebe en el cuenco,
en el rigor extremo
de los poros quemados,
el jugo de la luz.
(OC, I: 447)

Como en Blanchot, Valente propone una personal relación entre lo visible y lo invisible, que
se acentúa muy especialmente en su libro Interior con figuras (1976), una suerte de revisión de la relación entre el pensamiento, la imagen y la realidad, todo ello bajo el filtro del lenguaje como límite o recurso, pero que formaría una constante dentro de toda su obra poética y ensayística y que serviría, como hará Blanchot en sus estudios sobre el espacio imaginario, para cuestionar y relativizar la experiencia de la imaginación, de la visión, y de nuestra relación con lo real:

Transparencia de la memoria
Como en un gran salón desierto al cabo los espejos
han absorbido todas las figuras,
tal en el centro inmóvil bebe
la luz desnuda todo lo visible.
(OC, I: 365)



Amanecer.
La rama tiende
su delgado perfil
a las ventanas, cuerpo, de tus ojos.
Pájaros. Párpados.
Se posa
apenas la pupila
en la esbozada luz.
Adviene, advienes,
cuerpo, el día.
Podría el día detenerse
en la desnuda rama,
ser sólo el despertar.
(OC, I: 451)

LA OSCURA violencia
del sol
rompiendo en las almenas
incendiadas del aire.
Pájaros.
Copiar la trama no visible
en la parva materia.
Forma.
Formas con que despierta la mañana.
Su luminosa irrealidad.
(Mímesis)
(OC, I: 469)

En cierto modo, lo que plantea Valente es la posibilidad de leer la realidad, de acceder a los
signos que le ofrece la visión, de acertar a cifrar el ser en toda esa maraña de tramas que no logra entender enteramente: “hay un lenguaje roto, / un orden de las sílabas del mundo” (OC, I: 295).

Esas sílabas, esos pájaros, serán los motivos que el poeta intenta comprender a través de la palabra poética: “me esfuerzo en descifrar un pájaro” (OC, I: 421). O como dirá en otro de sus poemas en prosa: el ave constituye un jeroglífico por interpretar, un signo no sabemos de qué: 

XXXV
(De la luminosa opacidad de los signos)
En el jeroglífico había un ave, pero no se podía saber si volaba
o estaba clavada por un eje de luz en el cielo vacío. Durante
centenares de años leí inútilmente la escritura. Hacia el fin de
mis días, cuando ya nadie podía creer que nada hubiese sido
descifrado, comprendí que el ave a su vez me leía sin saber si en
el roto jeroglífico la figura volaba o estaba clavada por un eje de
luz en el cielo vacío.
(OC, I: 335)

HABíA el aire solo,
sin árboles, tendido en la anegada
latitud de la tierra.
Suspendido del canto,
en el centro o en el eje
celeste de la tarde,
el pájaro.
El color era el gris, la retirada
del mar hacia sus bocas más oscuras.
El canto.
En el vacío.
y la inmovilidad,
un hilo sostenía
el pulmón impalpable.
Vértice
de la luz, el pájaro,
su vuelo detenido, signo de qué,
en la raíz o en la consumación
del vuelo.
Y esa imagen ahora
abriendo perdurable
hacia dentro de ti
nuestra sola memoria.
(Maguelone)
(OC, I: 469-470)

Valente hablará en su obra crítica de un lenguaje de los pájaros, de un idioma que, según
diferentes tradiciones, contendría esa tensión máxima más allá de los significados, capaz de acertar en la infinitud de lo indecible, de mostrar ese juego de sentidos no reducibles a lenguaje alguno, a diferencias o restricciones de categorías, sino un lenguaje que funcionara desde su total apertura: “Lo que la tradición denomina lengua de los pájaros es el medio que permite establecer una comunicación con los estados superiores del ser; la señal de que esa comunicación se ha alcanzado o establecido es la posibilidad de entender el lenguaje de los pájaros” (OC, II: 515). El mismo Valente se servirá de un poema en prosa para hacer explícita su teoría:

Al maestro cantor
MAESTRO, usted dijo que en el orbe de lo poético las palabras
quedan retenidas por una repentina aprehensión, destruidas,
es decir, sumergidas en un amanecer en el que ellas mismas
no se reconocen. Hay, en efecto, una red que sobrevuela el
pájaro imposible, pero la sombra de éste queda, al fin, húmeda
y palpitante, pez-pájaro, apresada en la red. Y no se reconoce
la palabra. Palabra que habitó entre nosotros. Palabra de tal
naturaleza que, más que alojar el sentido, aloja la totalidad del
despertar.
(OC, I: 424)

En todo momento parece que Valente, como Blanchot, estuviera apuntando a una palabra para la falta de palabra, a un espacio verbal que rompiera con la espacialidad, con la obra, con la escritura, y que nos tendiese en su destrucción, en ese vaciamiento que es concavidad, la posibilidad de su destrucción, su desobra, por decirlo en términos blanchotianos. La palabra, que es antepalabra, que está ya rompiéndose, quebrándose y lanzada hacia su propia imposibilidad, se escribe mientras se desescribe, se fractura en ese aplazamiento de sí misma. El propio Valente publica un breve artículo sobre la destrucción de la obra, sobre el libro quemado, echado literalmente a las llamas, libro destruido, especie de plenitud, de totalidad del libro por esa desaparición que extiende su sentido hacia el infinito no conceptuable, hacia una falta de obra no reducible a palabra alguna:
una “totalidad del despertar”, como decía el poeta en el poema anterior. Se trataría por tanto de una parte echada al fuego, tal y como tituló Blanchot a una de sus recopilaciones de ensayos. El texto de Valente, bajo el epígrafe de «La memoria del fuego», diría así: Forma de las formas, la llama: Rabbi Nahman de Braslaw, gran maestro de la tradición hassídica, decidió quemar uno de sus libros, que acaso adquirió así más intensa forma de existencia bajo el nombre de El libro quemado.
No es sólo que el «libro quemado» simbolice o represente toda una tradición donde la autoridad del texto –como justamente muestra Marc-Alain Ouaknin– no debe ni puede generar un discurso impositivo o totalitario. Más aún, en el orden de simbolizaciones de esa misma tradición quemar el libro es restituirlo a una superior naturaleza. Naturaleza ígnea de la palabra: llama. La llama es la forma en que se manifiesta la palabra que visita al justo en la plenitud de la oración, según una imagen frecuente en la tradición de los hassidim. Y, por supuesto, la Tora celeste está escrita en letras de fuego.
La relación del libro y el fuego («el pacto del libro sólo sería, en definitiva, pacto firmado con el fuego») sustancia la última sección de Le livre du partage, donde tal vez se encuentren algunos de los más bellos fragmentos que Jabès haya escrito. «Pages brulées» es el nombre que llevan esas páginas. Una vez más, con ellas, nos habría acercado Jabés a los fondos más íntimos y secretos de la tradición que le es propia.

«¿Cómo leer una página ya quemada en un libro que arde –escribe– sino recurriendo a la memoria del fuego?».  Palabra que renace de sus propias cenizas para volver a arder. Incesante memoria, residuo o resto cantable: «Singbarer Rest», en expresión de Paul Celan. Pues, en definitiva, todo libro debe arder, quedar quemado, dejar sólo un residuo de fuego” (OC, II: 433-434).

Hay, en Valente, por tanto, un cierto afán de ruptura, una especie de desasimiento de la presencia, del libro, de lo visible, con intención de alzarse sobre las cosas y llegar a esa ausencia misteriosa, sagrada, de la verdad y del silencio, en un intento por salir del tiempo y del espacio a través de procesos muy similares a los que proponen diversas tradiciones orientales, pero también mediante ciertas afinidades con el pensamiento de Mallarmé y Blanchot:

SALIR del tiempo.
Suspender el claro
corazón del día.
Ave.
Palabra.
Vuelo en el vacío.
En lo nunca
posible.
Ven, anégame en este largo olvido.
Ya no hay puentes.
Sostenme en el no tiempo,
en la no duración,
en el lugar donde no estoy, no soy, o sólo

CRÍTICA LITERARIA
en el seno secreto de las aguas. (Isla) (OC, I: 576-577)

La escritura como una concavidad, como un espacio de vaciamiento (un residuo de fuego), en donde las cosas pueden recobrar su sentido, en donde el tiempo ya no va a constituir un relato, un signo que se imponga sobre las cosas, sino que se trata de un no-tiempo, una no-duración que refuerza la experiencia del instante, del acontecimiento. Así es como funciona la palabra poética de José Ángel Valente, en una línea muy cercana al pensamiento blanchotiano, por una serie de afinidades electivas, de implicaciones subterráneas que se hacen evidentes en estas páginas, como si Valente hubiera tomado los materiales del pensamiento del filósofo francés y, junto a una dilatada carrera como ensayista, extremadamente original por lo que se refiere a las letras peninsulares, hubiera acertado a dar palabra –o a sustraérsela– a esa experiencia imposible, inacotable, de lo poético.


ESTE tiempo vacío, blanco, extenso,
su lenta progresión hacia la sombra.
No se oye la voz.
No canta.
Ni engendra una figura otra figura.
Ni vuela un pájaro.
Se esconde
en los oscuros pliegues de la noche.
No viene a mí la luz como solía.
No me despierta a más ventura el aire
para sólo seguir su largo vuelo.
No hay antes ni después.
Andamos para nunca llegar,
oh nunca, adónde.
Me detengo.
Efímera
construyo mi morada.
Trazo un gran círculo en la arena
de este desierto o tiempo donde espero
y todo se detiene y yo soy sólo
el punto o centro no visible o tenue
que un leve viento arrastraría.
(Tiempo) (OC, I: 581)



Bibliografía esencial de José Ángel Valente:
Recopilaciones de la obra de J. A. Valente:
––––––(2006): Obras completas. I, Poesía y prosa, Barcelona, Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores (OC, I).
––––––(2008): Obras completas. II, Ensayos, Barcelona, Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores (OC, II).
Libros de Poesía:
––––––(1955): A modo de esperanza, Madrid, Rialp.
––––––(1960): Poemas a Lázaro, Madrid, Índice.
––––––(1966): La memoria y los signos, Madrid, Revista de Occidente.
––––––(1967): Siete representaciones, Barcelona, El Bardo.
––––––(1968): Breve son, Barcelona, El Bardo.
––––––(1970): El inocente, México, Joaquín Mortiz.

CRÍTICA LITERARIA
––––––(1976): Interior con figuras, Barcelona, Barral.
––––––(1979): Material memoria, Barcelona, La Gaya Ciencia.
––––––(1980): Tres lecciones de tinieblas, Barcelona, La Gaya Ciencia.
––––––(1982): Mandorla, Madrid, Cátedra.
––––––(1984): El fulgor, Madrid, Cátedra.
––––––(1989): Cantigas de Alén, Barcelona, Ambit.
––––––(1989): Al dios del lugar, Barcelona, Tusquets.
––––––(1989): Treinta y siente fragmentos, Barcelona, Ambit Seveis.
––––––(1992): No amanece el cantor, Barcelona, Tusquets.
––––––(2000): Fragmentos de un libro futuro, Barcelona, Galaxia Gutenberg.
Libros de Ensayo:
––––––(1971): Las palabras de la Tribu, Madrid, Siglo XXI.
––––––(1983): La piedra y el centro, Madrid, Taurus.
––––––(1991): Variaciones sobre el pájaro y la red, Barcelona, Tusquets.
––––––(1997): Notas de un simulador, Madrid, La Palma.
––––––(2002): Elogio del calígrafo, Barcelona, Galaxia Gutenberg.
––––––(2004): La experiencia abisal, Barcelona, Galaxia Gutenberg.

lunes, 25 de abril de 2016

Poemas y biografía de Ángel Valente


José Ángel Valente 
(Orense, 25 de abril de 1929 - Ginebra, 18 de julio de 2000)
fue un poeta, ensayista y traductor español
(wikipedia)


Ahora, amiga mía...

Ahora, amiga mía
que una flor de papel preside el aire,
que el aire se deshace en dulces pétalos
de jadeante miel en tus rodillas,
ahora que no hablamos del otoño
ya nunca más
para no tropezar con tu mirada,
ahora que te adentras por la vida,
ligera, según dices,
desposeída al fin de prejuicios,
ideas recibidas, tiempo estéril,
incomprensibles normas y principios,
ay -ahora
que la virginidad navega todavía
como un barco vacío por oscuros telares,
por intactos desvanes y sueños sin sentido,
qué hacer en medio de la tarde,
cómo entregarse sin terror de pronto
y cómo confesar que detrás de tu lecho
odiosa la inocencia,
inservibles los claros pensamientos,
traicionan palabras aprendidas
en revistas de moda, tópicos de vanguardia,
digo, tópicos que tan libre te hacen,
aunque no de ti misma,
aunque no de tu vientre inopinado
donde súbito baja,
feroz y sofocante, el duro golpe
del corazón.
Qué tierna insensatez la de estar solos,
la del estremecimiento vergonzoso
ante la voz del hombre
Y el no estar a la altura de las propias palabras
con esfuerzo aprendidas,
pues ahora
bien sencillo sería el acto del amor
sin aquel eco
soez de sumergidas tradiciones
no expurgadas a tiempo,
ahora que la misma indiferencia
de las frases audaces y ante oídas
del loro varonil tan propicia parece,
si la conversación no fuera ya pretexto,
argumento de un miedo mal oculto
a no saber qué hacer en este trance.
Demasiado tarde vuelves
a recaer en frases y agudezas,
mientras escondes el temblor que sube,
absurdamente provinciano y burdo,
de niña de agua dulce,
desusada y antigua, hasta tus labios,
mientras repites al pic-up la misma
canción francesa que nos gusta tanto,
que nos hace sentir más al corriente,
casi no necios ni burgueses tristes.
Qué fácil fuera ahora desnudarse,
dejar caer el velo simplemente
sin el terror oscuro que te ata
a los núbiles senos,
qué fácil fuera acaso si no fuera
por la flor jadeante de papel amarillo
que preside la tarde,
por el desasosiego súbito que oprime
hasta el dolor tu tímida cintura
por la imposible confesión aciaga
de tu añeja inocencia,
por el urbano gesto
de loro aclimatado a otras regiones
con que el varón disfraza su animal procedencia,
por los pasos de alguien que se acerca,
por el timbre que suena
como un ángel guardián ( te ruboriza
sin poder evitarlo el pensamiento )
y la ocasión disuelve, mientras tú más segura
recuperas ingenio y frases hechas,
piensas que, al fin y al cabo, volverá a repetirse,
prefabricada como es, y entonces
no dudarás en entregarte,
entonces-
es decir, sin que llegue
el deseo a pasión ni la pasión a amor
ni el hálito terrible del amor
al abrasado borde de tu cuerpo.





Índice
1 Biografía
2 Cátedra José Ángel Valente de Poesía y Estética
3 Obra
4 Premios

1.- Biografía
Estudió Derecho en la Universidad de Santiago de Compostela y se licenció en Filología Románica por la Complutense. Figuró en el departamento de Filología Hispánica de la Universidad de Oxford. Vivió en Orense, Madrid, Oxford, Ginebra, París y Almería. Su cuento "El uniforme del general", incluido en el volumen Número trece, le supuso problemas con la dictadura franquista y fue sometido a consejo de guerra en 1972 acusado de alusiones ofensivas al ejército.

Casado en primeras nupcias con Emilia Palomo, con la que tuvo cuatro hijos (un hijo y tres hijas)1 y en segundas, con Coral Gutiérrez.

Adscrito en un primer momento al llamado Grupo poético de los 50 o Generacíón del medio siglo, desde 1966 su poesía evoluciona hacia formas muy personales de expresión, que enlazan su obra con la de Edmond Jabès o Paul Celan. Se trata de un radical esencialismo lírico muy influido por la mística sincrética, como la cábala judaica, el sufismo iranio y el misticismo cristiano (fundamentalmente a través de figuras como San Juan de la Cruz o Miguel de Molinos), el taoísmo y el budismo zen, entre otros. Su aproximación a la mística, sin embargo, se aleja de cualquier dogma religioso y no postula necesariamente la creencia en una divinidad personal. Esta entrada en el misterio se produjo en gran parte bajo el magisterio de la pensadora malagueña María Zambrano. Asimilando tendencias filosóficas y tradiciones culturales históricas en poesía y prosa y también a través de la música y la pintura, la escritura de José Ángel Valente es una de las más ambiciosas y profundas de la literatura española contemporánea, según la opinión de Gérard de Cortanze. Se muestra heredero de la tradición mística española, de ahí su obsesión con el problema de la inefabilidad, del vacío y de la nada. El lenguaje y la materia son otras de sus obsesiones, no muy alejadas de su sensibilidad cercana a la mística: la materia, como constante engendradora de formas, y el lenguaje, al que Valente quisiera liberar de su uso puramente instrumental, son dos vías de acceso al misterio de la existencia.


Cuando te veo así, mi cuerpo, tan caído...

Cuando te veo así, mi cuerpo, tan caído
por todos los rincones más oscuros
del alma, en ti me miro,
igual que en un espejo de infinitas imágenes,
sin acertar cuál de entre ellas
somos más tú y yo que las restantes.
Morir.
Tal vez morir no sea más que esto,
volver suavemente, cuerpo,
el perfil de tu rostro en los espejos
hacia el lado más puro de la sombra.

Como ensayista, destacan sus libros Las palabras de la tribu, ensayos sobre literatura, La piedra y el centro y Variaciones sobre el pájaro y la red, una serie de meditaciones acerca de Miguel de Molinos, Santa Teresa y los pintores Matthias Grünewald o el Bosco. Póstumamente se editó La experiencia abisal, recopilación de ensayos escritos entre 1978 y 1999. Coordinó la edición del volumen Hermenéutica y mística: San Juan de la Cruz (1995), en colaboración con José Lara Garrido. En 2002 se editaron sus trabajos críticos sobre arte con el título Elogio del calígrafo. Su Diario anónimo (2011), en edición de Andrés Sánchez Robayna, recoge interesantes notas y observaciones de carácter personal tanto sobre aspectos biográficos como literarios. En 2002 apareció el volumen Las ínsulas extrañas. Antología de poesía en lengua española (1950-2000), que Valente realizó en colaboración con los poetas Eduardo Milán, Andrés Sánchez Robayna y Blanca Varela. Sus obras completas, en edición a cargo de Andrés Sánchez Robayna, están integradas por dos volúmenes: Poesía y prosa (2006) y Ensayos (2008), publicadas en Barcelona por Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.



Ahora no tienes, corazón, el vuelo...

Ahora no tienes, corazón, el vuelo
que te llevaba a las más altas cumbres.

Lates, reptante, entre las hojas secas
del amarillo otoño.

¿Y hasta cuándo en la secreta larva de ti?

¿ Volverás a nacer en la mañana,
a respirar la frialdad del aire
donde hay un pájaro?
¿Lo oyes?

Canta arriba, en las cimas,
como tú, como entonces.

Tú eres sólo latir cobijado en lo oscuro.

Al pájaro que fuiste dedicas este canto.

 (El vuelo) 

Es interesante apreciar la retroalimentación intertextual entre sus ensayos críticos y su obra poética, al hilo de las reflexiones ontológicas sobre la naturaleza del arte, del ser y del origen de la vida, del ser humano y de los seres de la creación. Su poesía trascendente mira hacia lo originario y lo inmanente, frente al espíritu materialista de la sociedad postmoderna y postindustrial. Se trata de una penetración en las capas de la memoria, tanto la personal como la colectiva, sin olvidar "el descenso por los infinitos estratos o cámaras de la palabra", según señaló el propio poeta en uno de sus ensayos de autolectura.

Sus traducciones poéticas (entre otros, Paul Celan, John Keats, Constantino Cavafis, Dylan Thomas, Gerard Manley Hopkins, John Donne, Benjamin Péret, Edmond Jabès y Eugenio Montale) fueron recopiladas en Cuaderno de versiones (2002), en edición de Claudio Rodríguez Fer. Tradujo también El extranjero de Albert Camus (Alianza Editorial)

Es autor de libros de arte en colaboración con pintores como Antonio Saura (Emblemas, 1978), Antoni Tàpies (El péndulo inmóvil, 1982), Paul Rebeyrolle (Desaparición Figuras, 1982) o Jürgen Partenheimer (Raíz de lo cantable, 1991), así como con la fotógrafa Jeanne Chevalier (Calas, 1980).

Con el título de Punto cero, recogió su poesía en 1972 (incluyendo también Treinta y siete fragmentos, no publicado suelto hasta 1989) y en 1980. Con posterioridad apareció Material memoria, que recopila su obra poética a partir de 1979. Ha sido traducido al francés, portugués, italiano, inglés, alemán, checo, etcétera. Su producción poética ha sido objeto de diferentes antologías, y estudiadas en distintos congresos, seminarios y coloquios tanto nacionales como internacionales.

Una productora almeriese realizó un documental sobre su vida, obra y muerte llamado "El Lugar del Poeta". Es un documental que expone la obra y la significación que tuvo Almería en la vida de Valente así como su paso por el mundo contado por las voces de sus amigos y colaboradores.

El ángel
Al amanecer,
cuando la dureza del día es aún extraña
vuelvo a encontrarte en la precisa línea
desde la que la noche retrocede.
Reconozco tu oscura transparencia,
tu rostro no visible,
el ala o filo con el que he luchado.
Estás o vuelves o reapareces
en el extremo límite, señor
de lo indistinto.
No separes
la sombra de la luz que ella ha engendrado.


2.- Cátedra José Ángel Valente de Poesía y Estética

La Cátedra de Poesía y Estética José Ángel Valente se creó tras la donación de 7.000 libros realizada por el poeta gallego a la Universidad de Santiago de Compostela (que lo nombró Doctor Honoris Causa en 1999) de su archivo y biblioteca personales. En consecuencia, la primera función de la Cátedra es la custodia, catalogación y estudio del importante material donado, así como la organización de actos y la publicación de obras relacionadas con el legado recibido. No obstante, la actuación de la Cátedra, denominada de Poesía y Estética por deseo del propio escritor, está abierta a las múltiples conexiones interdisciplinares e interartísticas que la obra de Valente establece con la poesía y con la estética en general.3

El Rectorado nombró como director inicial de la Cátedra al por entonces también director del Departamento de Literatura Española, Teoría de la Literatura y Lingüística General, Luis Iglesias Feijoo y, como secretario, a Claudio Rodríguez Fer, estudioso y amigo de Valente, que actualmente es su director desde el año 2005.

El deseo era un punto inmóvil...
Los cuerpos se quedaban del lado solitario del amor
como si uno a otro se negasen sin negar el deseo
y en esa negación un nudo más fuerte que ellos mismos
indefinidamente los uniera.
¿Qué sabían los ojos y las manos,
qué sabía la piel, qué retenía un cuerpo
de la respiración del otro, quién hacía nacer
aquella lenta luz inmóvil
como única forma del deseo?


3.- Obra
A modo de esperanza, Madrid, Adonais, 1955 (Premio Adonais 1954).
Poemas a Lázaro, Madrid, Índice, 1960 (Premio de la Crítica catalana 1960).
Sobre el lugar del canto, Barcelona, Colliure, 1963.
La memoria y los signos, Madrid, Revista de Occidente, 1966. Reeditado por Huerga y Fierro editores, 2004.
Siete representaciones, Barcelona, El Bardo, 1967.
Breve son, Barcelona, El Bardo, 1968.
El inocente, México, Joaquín Mortiz, 1970.
Presentación y memorial para un monumento, Madrid, Poesía para Todos, 1970.
"Las palabras de la tribu" Ed. Siglo XXI, 1971
Punto cero, Barcelona, Barral, 1972 (Poesías completas).
Interior con figuras, Barcelona, Ocnos-Barral, 1976.
Material memoria, Barcelona, La Gaya Ciencia, 1979.
Estancias, Madrid, Entregas de la Ventura, 1980.
Tres lecciones de tinieblas, Barcelona, La Gaya Ciencia, 1980 (Premio de la Crítica).
Sete cántigas de alén, La Coruña, Ediciós do Castro, editoresEdición de Andrés Sánchez Robayna
Colección: Narrativa1981 (poesía en gallego, ampliada luego con el título Cántigas de alén, 1989).
El fin de la edad de plata 1973
Mandorla, Madrid, Cátedra, 1982.
Nueve enunciaciones, Málaga, Begar, 1982.
El fulgor, Madrid, Cátedra, 1984.
Al dios del lugar, Barcelona, Tusquets, 1989.
Treinta y siete fragmentos, Barcelona, Ambit Serveis, 1989.
No amanece el cantor, Barcelona, Tusquets, 1992.
Fragmentos de un libro futuro, Barcelona, Círculo de Lectores, 2000 (Premio Nacional de Literatura).
Hibakusha, edición al cuidado de Nieves Agraz y Javier Carmona. Ediciones Jábega 1997.
Palais de Justice, Edición de Andrés Sánchez Robayna. Galaxia Gutenberg, 2014.


El pecado

El pecado nacía
como de negra nieve
y plumas misteriosas que apagaban
el rechinar sombrío
de la ocasión y del lugar.

Goteaba exprimido
con un jadeo triste
en la pared del arrepentimiento,
entre turbias caricias
de homosexualidad o de perdón.

El pecado era el único
objeto de la vida.

Tutor inicuo de ojerosas manos
y adolescentes húmedos colgando
en el desván de la memoria muerta.
 

4.- Premios
Premio Adonais (1954)
Premio de la Crítica (1960)
Premio de la Crítica (1980)
Premio de la Fundación Pablo Iglesias (1984)
Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1988)
Premio Nacional de Poesía (España) (1993)
Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (1998)

Premio Nacional de Poesía (España) (2001, póstumo)