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viernes, 3 de octubre de 2014

La rana. Lola Soria, Manuel Lozano y Fernando Rebollo

Aquí te envío un relato sobre unas ranas muy peculiares. 
Ha sido elaborado entre Lola Soria,  Manolo Lozano y un servidor
esperamos que te guste.

Un relato que tras estas palabras comienzo a escribir, un relato que habla de un abuelo camino de las parras, camino de la tierra que cultivaba y lo que le sucedió en ese trayecto. 

Beires, otoño en Beires, sentados en la chimenea el abuelo contaba historias a los niños allí congregados. Los troncos ardían impulsados por la leña fina que el abuelo había colocado apenas cinco minutos antes. 
Maribel su nieta le había pedido que le contase alguna historia, venga, abuelo, cuenta abuelo. El abuelo se hizo de rogar un poco pero como los demás niños también insistían al final se decidió. 
"Pues veréis, una mañana iba al campo con mi azada y una talega donde llevaba la comida, pues muchos días almorzaba yo en el campo, clareaba el día, los gallos cantaban, kikirikí, kikiriki, los perros ladraban a mi paso, guau, guau, guau, pero como estaban encerrados en los corrales no podían hacerme nada. Tres cosechas perdidas, me veía sin fuerzas para cultivar, ésta casi seguro que sería la cuarta.
En las afueras del pueblo se podía observar como el sol no tardaría en salir, aunque todavía había sombras. En los árboles había un poco de rocío en sus troncos y en sus hojas, la hierba estaba mojada y mis botas se mojaban al pisarla, pues bien, cuando emprendía el camino del terreno que iba a cultivar, en un recodo del camino junto a un pequeño lago me encontré una gran rana, de color verde intenso, al mirarla empezó a croar y otras ranas vinieron hacia el lugar donde se encontraba ésta y también comenzaron a croar, jamás había visto tantas ranas juntas." 
Tu lector te preguntarás. Qué hace una rana grande, inmensa a estas alturas del relato, si el hombre iba alegre y confiado a cultivar la tierra. Qué culpa tengo yo lector, si al croar de esta vinieron otras y la orilla del camino se convirtió en una procesión de anfibios en la amanecida. Qué culpa tengo yo, qué culpa tiene el abuelo de que en un recodo del camino hubiese un pequeño lago donde las ranas se criaban grandes y hermosas, sigamos pues, que a estas alturas ya tengo curiosidad por saber lo que pasó. 
Giré la vista al camino y la rana grande dejó de croar, las demás se tornaron silenciosas emulando la conducta de su jefa. Proseguí camino hacia la tierra, la rana grande daba saltos y las demás hicieron lo mismo sobre la hierba. Me percaté de esto y de nuevo giré la cabeza para ver que pasaba, en ese momento comenzaron a croar de nuevo, salí corriendo despavorido y las ranas dando saltos y croando me perseguían. Vaya escandalera, yo estaba aterrado, tanto miedo tenía que dejé la talega y la azada en medio del camino, las ranas dejaron de croar, hicieron una gran círculo rodeando lo que se me había caído.


Proseguí camino, no me atrevía a volver al pueblo, miedo tenía que esta multitud de anfibios me persiguieran, todavía me quedaban varios recuerdos como el anterior y temía el mismo encuentro, los mismos sucesos. 
A medida que mis pasos me llevaban a la siguiente charca mis ojos se anticipaban e intentaban intuir lo que allí había, diez metros y ya estoy cerca, el camino y al lado la charca. Agua cristalina que deja ver el fondo y una diminuta rana sobre una pequeña piedra que al verme se sumergió en las aguas. Suspiré aliviado y proseguí camino. 
Tenía que pasar una pequeña corriente, salté sobre las piedras cuidando de no caerme al agua que se remansaba tras su lucha con las ruedas del molino que a escasos cien metros se encontraba. Un, dos, tres, cuatro y ya estoy al otro lado. El sol ya estaba fuera, los primeros rayos atravesaban las aguas, pequeños pececillos en bandada de un lado a otro del pequeño lago y una rana grande sobre una gran laja, de ojos vivos, inmutable ante mi presencia. Muevo un brazo para asustarla y comienza a croar, otras ranas, infinidad de ranas salían de las aguas y se colocaban en la orilla, mil, dos mil, tres mil ranas, grandes, pequeñas croando en las primeras horas día, alrededor de las piedras de paso, por todos los lugares del pequeño lago. 
Huí despavorido, subí la cuesta tras la cual se encontraba el valle en el que estaban los aceituneros, las parras, la alberca, el pozo. 
Tu.
¿yo?
Si tu, escribiente a un teclado pegado, deja al abuelo en paz ¿es que acaso no lo vas a dejar comer hoy?, ¿es que vas a llenar su tierra de anfibios, que de nuevo harán entrar en sus oídos ese ruido maravilloso en bajas cantidades e infernal en muchas?
No lo sé duende, no lo sé, no conozco aún la tierra que hay tras de la cuesta, trece líneas quedan para acabar el folio y ¡hay tantas cosas!, La tierra de Beires es tan fértil en recuerdos, historias, que no podemos más que dejarnos llevar por las aguas, por los vientos, por las ranas, por los viejos molinos. Deja duende que mientras el abuelo se sienta sobre una piedra y divisa el valle, por mis oídos suenen los cascabeles de Rosana, de esta canaria que en el domingo en el cielo a la par que los gorriones me canta lo que me quiere. "Al son de los cascabeles los domingos en el cielo....", muévete chiquilla, alegra esa cara, ese cuerpo, un, dos ... "Al son..." Ese acordeón, ay, ay,, "al son.."
La subida me había fatigado y al final de ella decidí sentarme en una piedra antes de disponerme a bajar al valle, las ranas habían agotado buena parte de las energías del desayuno. Quedé profundamente dormido, aunque el aire estaba un poco frío el sol ya comenzaba a dar en mi cuerpo, el lateral de la montaña me resguardaba de los fríos aires del Norte, ya conocéis ese lugar porque soléis pararos cuando vais a la alberca los veranos a bañaros.
Soñé que miles de ranas, grandes, pequeñas araban la tierra, eliminaban las malas hierbas dando saltos sobre ellas, sacaban agua de los arroyos, de los pozos, de las charcas y regaban las parras, los ajos, las cebollas, el perejil, asustaban con su croar a las alimañas, cuidaban los garbanzos y el trigo, nutrían sus raíces de agua, metían en ellas humus de otras tierras, abonos naturales, abrigaban las raíces de los aceituneros con hojas secas de álamos, convertían aquella tierra en el vergel que hacía cinco años fue. Cuando desperté miré el valle, miré mi tierra y la encontré más verde que nunca, emprendí carrerilla hacia allá ayudado por la bajada. El trigo había crecido, las parras comenzaban a augurar las uvas más jugosas de todos los veranos, los olivos estaban cargados de flores, de futuras aceitunas, ajos, cebollas, perejil frondoso, papas que hacían abombar la tierra de tan grandes que eran. 
Miré al cielo y pregunté que pasaba, había ocurrido un milagro, mi voz rompió el silencio de la mañana, demasiado ocupados debían estar allá arriba pues no hallé respuesta, pequeña voz la mía, para un cielo tan grande.
Me lavé la cara con agua fría del pozo, pues parecía no haberme despertado de aquel sueño, volví a mirar y era real lo que veía, la tierra sabiamente movida, toque las bolsitas de los garbanzos, auguraban una gran cosecha, el trigo estaba hermoso, muy crecido, las parras, los aceituneros, que maravilla...
Volví al pueblo rápidamente, quería contárselo a vuestra abuela, a mis amigos, retorné por el camino. Esta vez no encontré a las ranas en las charcas, el agua había desaparecido de ellas, incluso el arroyo de las piedras había menguado a pesar de seguir corriendo. La azada puesta en pie me esperaba en medio del camino, la talega junto a ella. La recogí y volví al pueblo. Nunca volví a ver a las ranas, las aguas menguaban en los arroyos, aunque no se secaron.
Las cosechas fueron llegando, los garbanzos que nos dieron años y años de pucheros, tiernos y hermosos que se deshacían en la boca, trigo que llenó el almacén, grano grande y fino, las uvas exquisitas, cebollas, patatas hermosas y grandes de las que comimos todo el pueblo, melones, sandías, orzas y orzas de aceitunas para machacar, para aceite.
Cada mañana al amanecer camino de la tierra un maravilloso sonido entra en mis oídos, miles, miles de ranas, con su croar al unísono se cuelan en mi cabeza. Ranas que cultivan la tierra mientras yo duermo. Nunca más las vi, pero sé que están ahí, cuidando de nosotros.


año 1, nº 1- agosto 2000. La voz de la cometa. 
Taller literario. Tu voz en Internet
pág 147- 151

miércoles, 1 de octubre de 2014

Manuel Lozano

PRIMERA VINDICACIÓN DE LA NIÑA NATHALIE CRANE
Por Manuel Lozano



The waste remains, the waste remains and kills.
William Empson, Missing Dates





TRES POEMAS DE NATHALIE CRANE


TRADUCCIÓN DE MANUEL LOZANO


LA NIÑA QUE ENCEGUECIÓ

En plena oscuridad,
¿quién me contesta del color de una rosa,
de los atavíos en el mes de mayo
y todas esas peregrinaciones que realiza?
En plena oscuridad, ¿quién me contestaría -en la oscuridad-
a quién importaría si el olor de las rosas
y las cosas aladas
estuvieran ahí?
En plena oscuridad, ¿quién meditaría
sobre la sugerencia de una línea,
cuando la oscuridad guarda toda belleza,
toda belleza más allá del pensamiento?
¡Oh, ceguera! Las profecías confortables
acompañan nuestros caminos,
hasta que las manos liberadas al fin
dejan caer la nómina de los días.
En plena oscuridad,
¿quién contestaría del color de una rosa?
¿Quién, de los atavíos del mes de mayo?
¿Quién, de todas las peregrinaciones que realiza?
En plena oscuridad, ¿quién contestaría -en la oscuridad-
a quién importaría
si el olor de las rosas y las cosas aladas
estuvieran ahí?





ESTA MUERTE, AUN
Me ha encontrado bajo un sicomoro o un arce, no recuerdo
sino su sombra profunda por la cara.
¿Cómo será de vieja esta costumbre,
con qué cuerpo me inclinaré sobre tu Gólgota?



UN REQUIEM
Tal vez sienta ella aquí
el aliento de los arrodillados,
dispuestos a esperar que todo tiempo pase.
Acaso ella escuche,
sintiendo de cerca a los extraños.
Acaso, Acaso, y si no es aquello,
Acaso.
Tal vez la rosa palpable pueda decirle
sin cuidar sus pétalos, junto a su mejilla,
"Tardía es la hora",
"Reposas demasiado".
Acaso, Acaso, y si no es aquello,
Acaso.
Tal vez los lirios digan a su lado:
"Despierta, de nuevo convertido,
¿No te levantas?
Ellos no están lejos".
Tal vez, tal vez. Deja ahora que sea
Quizás.


MANUEL LOZANO- PRESIDENTE
FUNDACIÓN INTERDISCIPLINARIA DE ESTUDIOS PARA EL DESARROLLO


E-mail: lozanocied@arnet.com.ar


Acaso nunca fue (y es lo más probable, estoy seguro) fotografiada por Cecil Beaton una prematura tarde de otoño en Nueva York, como Mae West o Marilyn Monroe. Quizás, remedando una tradición iniciada con Plotino, no condescendió nunca al hábito vanidoso y paródico de ser reproducida -selfconscius- en más o menos falaces retratos de la noche y del alba. Pero es incontrastable este hecho: Nathalie Crane, hasta estas dramáticas horas de fin de siglo, no gozó de los quince minutos de gloria caritativamente adjudicados por Andy Wharhol a cada ser mortal. Es como si quisiera, íntimamente, hipostasiar ese pobre destino. 1989 fue el año de mi encuentro con Nathalie Crane en una de las bibliotecas de la Universidad de Chile: sólo un nombre y dos fechas, al pasar, como una lápida funeraria, de ésas a las que nos tuvieron acostumbrados los diccionarios y las enciclopedias de la modernidad. Pero debieron pasar tres años para que me encontrase con la luminosa y definitiva escritora. 

A mediados de 1992 fui invitado especialmente por la "Maison International de la Poesie", para participar junto a trescientos cincuenta escritores de todo el mundo de sus conocidas y arduas Bienales de poesía en Liege. No sabía, no podía prever -siquiera vacilantemente- en un nuevo reencuentro con la escritora. La neblinosa ciudad de Simenon me abría las puertas. La prolija ciudad de las horcas (vi una, temerario y asombrado, junto a aparatos de precisión y viejos caleidoscopios en algunos de sus museos), la pequeña ciudad medieval me aguardaba con otros talismanes. Escribo en un texto la palabra "joya" e inevitablemente pienso en el Heliogábalo de Artaud. Los insidiosos y breves poemas de Nathalie, ajenos a cualquier ismo o escuela vanguardista de este siglo, son como esas piedras preciosas en las vestiduras del emperador, nunca concebidas como meros accesorios de la tela o renovados ornamentos que dicta la moda. 

Si, como dice Goethe, "la suprema, la única operación del arte, consiste sólo en dar forma", la forma de la joya (la forma del poema) constituyen en Nathalie Crane un principio de identidad que abre un nuevo orbe, pero que también lo clausura. Nunca creí que la edad fuese para un escritor un valor en sí o un disvalor. Podría sostener esta idea con los ejemplos antagónicos de Rimbaud y Sthendal, con el de Whitman y el de Sylvia Plath. Pero no nos termina de asombrar que Nathalie Crane, una niña de apenas ocho años, colabore regularmente con "The New York Sun"; o asistiendo a los diez años al nacimiento de su primer libro, "The Janitor´s Boy"; o verla publicando sus relatos en las revistas más diversas, durante su permanencia en el Jersey College; o dando a conocer su presagioso "Lava Lane", apenas cumplido los doce; o "El Cuervo que Canta", al año siguiente, junto a "The Sunken Garden"; o la trilogía "Invisible Venus", de 1928. No esbozaré la falaz y para mí siempre repugnante hipótesis del niño prodigio. En todo caso, es su obra la que debe mostrarnos las claves, algún señuelo. Pero ¿por qué el silencio de la niña Nathalie Crane, a partir de 1929? Escribo el sustantivo silencio ya que no he hallado, hasta el momento, obras posteriores a esa fecha. 

El silencio ha sido un tema demasiado caro a la literatura. ¿Y por qué no tener derecho a él, como un acto deliberadamente luminoso? Georges Bataille se permite este análisis: "¿Qué es el silencio? Ante todo, retirarse dentro de sí mismo, la absorción interior. Diríase que la carne entra en un estado de catalepsia, mientras que los nervios (o más bien lo sensible, lo vivo propiamente) revisten la superficie de ese retiro, lo envuelven en una pantalla de espera. El cuerpo paralizado es en ese momento como el crisol del alquimista: puede ser el lugar de la transmutación; puede igualmente no dar más que plomo." No es el caso de Crane la de una eremita buscando la Thebaida en el desierto, luego de sumergirse insaciable por el mundo. Pero lo certero es la honda dramatización producida luego de ese corte abrupto al silencio, en donde no fueron ni siquiera posibles el latido o el murmullo. 

En la literatura argentina hemos tenido dos ejemplos arquetípicos, en momentos disímiles: Enrique Banchs (omitiendo algunos lapsus verbae) y la iridiscente Alejandra Pizarnik. Y luego, esa hermosa línea de Poe, repetida tantas veces por Borges: "Silence, which is the merest word of all". Aventurada a regiones que jamás sospechamos, a zonas que estamos sospechando, la vidente Nathalie Crane me sigue esperando desde su ¿involuntario? eclipse. Es una niña que canta. Es una niña que llora, que advierte. Una arúspice desentrañando poesía de la poesía. ¿Habrá dicho at the just point, a la manera de Keats, "siento crecer las flores sobre mí"? ¿Quién sino ella misma pudo haber escrito a los dieciséis años su autobiografía, que como toda autobiografía tiene el sabor amargo de las despedidas anunciadas, incompletas? El libro se titula "Una Extraña desde el Paraíso".

sábado, 18 de mayo de 2013

Advocación sobre la figura de Jano. Manuel Lozano

ADVOCACIÓN SOBRE LA FIGURA DE JANO

¿Qué ficción espúrea llega a esta casa?
Enciende lo inconcluso.
Es la voz de un crimen que se pasea
entre los aserraderos verdugos de mi profanación.
Bajaré al subsuelo.
Huesos atrapados donde no estuve,
cautelosa gangrena de los mártires,
levemente cubrirían un mantel de cenizas.
Pero las cáscaras de la memoria iluminan el jardín.
Semejan una morada que no corrigen mis pasos
expuestos a la depredación de la dicha,
cueva laberinto entre la muerte y su sentencia.
Hablé contra la acacia de las apariciones.
Manchas de aceite trae mi atavío.
¿Qué retorno ha de ser un inicio?
¿Dónde la teúrgia del fuego?
¿Cuántas piedras tapian desde siglos tu salida,
Orestes o Lázaro, Medea o Apolonio a sobresaltos
cumpliendo el luto ardiente del destino,
espiando por las rendijas cada cuerpo
en el fondo del plato?
Contigo las palabras se bautizan con humo.
Son dos puertas y un cetro los guardianes,
pero no debes entrar.
Ha llegado el solsticio.
Principia la fiesta.
Que el herrero sea envuelto en relámpagos.  
                                                                                        Manuel Lozano
New York-Buenos Aires, septiembre de 2000
* Prohibida la reproducción sin autorización previa del autor. 
Derechos reservados.

martes, 14 de mayo de 2013

Nacimiento de las leves criaturas. Manuel Lozano


 
Nevertheless, I dislike
The way the ants crawl
In and out of my shadow

Wallace Stevens, Six significant landcapes
PRELUDIO

I

Presérvate de la peste,
son antiguas sus destilaciones alrededor de las mágicas raíces,
y acaso nadie la contenga después.
¿ Ya escupiste sobre sus ojos?
El resplandor corrompe el luto de estas dinastías
hasta donde no llegan infancia ni memoria.
El astrolabio calla su tela de diamantes.
¿ Pusiste las manos en otra cara llena de moscas?
¿ Estabas dormido?
Has convocado el hervor yacente de un foso
al filo de la certidumbre
con trapos diminutos de la fiesta.
¿ Le preguntaste si veía el infierno?
Cuando los dueños se reclinan como lluvias,
abres la jaula que habitó la criatura,
objeto letárgico arrancado de golpe
a la leche incrustada desde lo alto.
Anuncio un inmigrante
en la genealogía de los reyes antiguos.
Un inmigrante es una esfinge.
¿ Qué gusano extiende el gozo, se prepara al letargo
de los cartílagos de muerte en el plato de Adán?
¿ Y por qué continúas con tus espléndidos ropajes
siempre detrás de los árboles del vértigo,
oyendo el eco de paredes sepultadas
y la ausente migración del cinabrio?
Fueron las saturnalias, enloquecidas tentaciones,
más firmes que la navaja sonámbula o el sol del eremita,
quienes me convocaron al ascenso.
Balaustradas de mármol quedan en mi cueva,
rastros que zumban en suspenso, que interrogan.
Enardecen las puertas.
Clausuran las salidas.
Llenan los huecos de aguijones.
A veces cimbra en la piel el oro del falsario.
Me pregunto quién tiñe de lenta aprensión
los juguetes lapidándose
sólo a la distancia, lo que alumbra reliquias y sollozos?
Esta usura de las brasas me desuella.
La sangre se prueba con la sangre, has escrito.
¿ Es la hendidura nocturna tu pasado
en la estría más ebria del color de las valvas?
En este atrio descifrarás los indicios.
Como en el tiempo de los sobrevivientes,
una mujer recorre su casa hasta el polvo del derrumbe
sin salir de este umbral entreabierto en que naces
para advertir a los perseguidores la ley de un nuevo imperio.
Delator, vítreo, imantado,
llega el monstruo a unir desde su soledad
la misma soledad de todo,
a desenhebrar (escombro por escombro) los últimos vestigios
de la historia inocente.
Cuando oyeres su voz, ¿escogerías al innombrable?
Se trata de resucitar el feroz oleaje de una aparición.
Los claustros fueron sumergidos.
Todavía hay cortezas, astillas, restos que escarban
la duración del muro en la palabra.
¿ Arde el bosque cuando me abandonan?
Arde una ilimitada pupila en el escalofrío de mis hijos.
Un fénix resucita en Heliópolis.
Garza con larga cresta (nacida de ti mismo en los desiertos
de Arabia,
rayo elevado desde el altar natural de un sicomoro,
nunca te sobornan el futuro voraz ni el cuerpo adolescente.
Mutarías el helecho abandonado, los siete escorpiones de Isis,
Nesret, la flamígera, con cetro y corona en nuestras tiendas,
el hormiguero sobre el rostro difunto.
Crespones del amanecer.
Ranuras donde bendecir el paso del amor,
su costado y su fusilamiento.

II

¿ Pero he de contar sólo con palabras (resistente extrañeza)
mi viaje por el fuego,
la trama que no he visto en la hojarasca?
Las incontables, marginales edades vienen hacia él.
No debo llorar sobre mis miembros desunidos,
tampoco reemplazarlos.
Limosa ficción, evaporan mis huesos.
Ya no exalto tu raza primigenia, tu aliento milenario,
el feroz acertijo debajo de los hierros.
Es cóncava y helada la habitación en que vives,
y ¿ vista desde arriba se dispersa en humo rojo.
Cómo llegaste a esa esfinge asombrada de perderte?
¿ Por qué espiabas el nido de abubilla en el roble sagrado?
¿ Dónde engarzaste el horror
del agua celeste corriendo por las tumbas?
Tantas preguntas frente al muro.
La criatura empuña su cuchillo,
pero no hay ciegos aquí que proclamen la pérdida oscura,
que comercien con apariciones hambrientas o beatíficas
sobre el altar de tus restos la sustancia.
Continúa la epopeya en las viejas hilanderías.

III

Pertenencias de la siempre duración,
escaleras abajo.
Veías las piedras candentes, las túnicas blancas,
la blanca cabeza coronada,
la víspera blanca reteniéndose entre las plumas del colibrí.
Sin embargo estabas inmóvil,
lastimada entre las circunvoluciones de la muerte.
Ramas de nardo vacilan junto al túmulo.
A eso hemos llegado, y es todo

IV

Pasó el cortejo como el cauce erizado de un río junto al peregrino. !Y por qué sale el musgo que no nombras de su boca marchita! !Y por qué la sombra en las ventanas, más envolvente y heroína que el viento golpeando contra el rumor de la profanación! Velante, agraviada por la desobediencia, con el aroma desconocido del mar, sus pies abandonan el invierno de las grandes ciudades.
Ya nunca esperes con tu desnudez ni puedas decirme el himno que fulmina con tristeza. Con otra mirada, háblame desde la fragilidad de las calas infantiles, desde el aroma invisible de una obscena dalia cortante. ¿Qué carne de esfinge se encarnó entre nosotros? Disueltas las moradas del día sobre los cuerpos. Cortadas las mordeduras. ¿Qué inválido dios, qué comediante es este intruso?
Desde mi nacimiento fui el espectador de las sombras chinescas. Sé que hubieron forasteros como tripulaciones de gritos en lámparas artificiales. Se introdujeron por olvido en el error erizado de una lágrima. Ahora me escoltan.
Gritos, tripulaciones de gritos bajo el vapor de las bujías y el que invoca. ¿Defenderán a sus sirvientes con medios tan mecánicos? ¿Conservarían las escamas ante el paso del sol negro?
Allí estaban mis siglos. Aún no marchitados por el óxido elemental de la añoranza, distintos y una, letanías para nadie en la memoria de la pérdida.

V
Almácigos de un cruel pronunciamiento.
¿ Cómo es posible abandonarse hasta aquí,
aun a costa de perder la vigilia y sus metamorfosis?
Los mataderos exhalan el vaho.
Algunas veces te decían en sueños:
"Has nacido demasiado.
Has muerto demasiado en otras bocas".
Otras murmuraban:
"Sé fiel hasta el horror.
Sé fiel hasta el fósil.
Sé fiel hasta el acaso."

VI

La gran noche abrió su enloquecida distancia
antes de llegar.

VII

¿Quién puede decir que ha visto el mar, piadosas telarañas?

VIII

Y por qué siempre te acompaño, de generación en generación,
más acá del fuego y del murmullo, yo, Manuel Lozano,
verdugo o luz que te comiera las vísceras
hasta la enamorada aberración del principio?
Porque una sombra se clava para siempre
y nos contempla.
Chartres, 27-IV-2001

Manuel Lozano
FIED
Presidente
Fied_bsas@arnet.com.ar
* Derechos registrados.

Manuel Lozano nació en Córdoba, Rep. Argentina. Poeta, narrador y ensayista, ha cursado estudios en Estados Unidos y Europa. Es Master en Historia de la Cultura Argentina (medalla "Victoria Ocampo") y en Comunicación. Ha obtenido 41 premios nacionales e internacionales, entre ellos Primer Premio Fondo Nacional de las Artes, Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, Premio Ministerio de Asuntos Sociales de España, entre otros. Fue proclamado "Joven Sobresaliente de la Rep. Argentina 1991-92", en Arte y Creatividad, por la Cámara Junior. Es autor de "Libro de Amenemope" (Torres Agüero, Bs As, 1987), "La Línea y el Círculo" (Corregidor, Bs As, 1989), "Tratado sobre la Rotación de los Encantos" (Libros de la Isla Iluminada, España, 1992), "Bizancio bajo las Aguas" (en edición), "El Enigma Silvina Ocampo-La Paradoja y lo Sublime" (en edición). Ha recibido elogios de los más grandes escritores argentinos, entre ellos Olga Orozco, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo y Jorge Luis Borges. Este último escribió acerca de su obra: "Nos deslumbra con páginas memorables. Descubro que tiene el hábito de frecuentar el universo, de traducirlo en misteriosas y afortunadas invenciones." (1984) "Príncipe en su territorio de prodigios, sus méritos ampliamente conocidos y reconocidos (...), suman el brillo verbal más la alta inspiración de su producción literaria." (Olga Orozco, 1992)

Ezra con su códice de humo por las grietas del Dios. Manuel Lozano

MANUEL LOZANO

Buenos Aires, 3 de junio de 2003

(Este texto pertenece al libro "La noche desnuda de rostro ciego", de M.L. Derechos registrados)

 
EZRA CON SU CÓDICE DE HUMO POR LAS GRIETAS DEL DIOS
A la muralla que alberga la lluvia que nace de tu boca. Hasta esa música llegan mis fauces.
(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)



Cuando la usura asciende como una telaraña en su mármol marchito, o quizá cuando se repliega en el ardor de estas cenizas, ?qué festín preparas dondequiera esté tu sangre y tu futuro? Porque lo ves debajo de un hierro dorado que te cubre la cabeza, regresando a su dolor primero -sin alivio de nada-, rojo cielo, espuma a trasluz, valija cerrada colgando de la boca.




(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)



Caverna donde engendro esplendores. Hurgo las muchedumbres de mi soledad, arrastro las cáscaras y desperdicios nocturnos para llenar de risas esta fiesta.



(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)



La fiesta, la feria y su limoso presente. Compruebo la demolición del mundo por el gesto.



(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)



Es vieja esta masacre. La extremaron los esclavos desde el nacimiento del poseso ungido en su tragedia, la repiten sirvientes con el goce amenazante de una revelación: ?a quién buscan?, preguntaba en el huerto el que ha bajado. !Qué honor, qué tembloroso ruin contaría los minutos, qué alardeo de juicio final encerrado en un ardor de telarañas!
Sonríes en el espejo de cal hirviendo intacto un cortejo de cicatrices. El saqueo no se avergüenza del ritual, acontece.



(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)



Ni siquiera un aleteo dibujado por la sombra de la esperanza, me alivia del lenguaje. ?No dijiste siempre que el lenguaje grazna y brama y jadea? Qué petrificada es esta mansión bajo mi lengua, deshojándose. Voy hacia el rescate de los hilos. El agua subiría por el muro con sus ofrendas: un amuleto filoso y un niño que duerme. Aunque sentencien y asistan a su muerte disfrazada, el niño duerme. La rueca feroz aguarda. Las plagas avientan al amortajado con humo lobreguísimo.



(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)



Lo que cava sin fin hasta el principio.
El ritmo.
Las puertas y las peregrinaciones.
Los alimentos, las pinzas del insomnio.
El gesto crudo.
El lujo de un desierto que arde.



(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)



Y apenas atraviesas aquella ruina, todos los poderes caen -es decir, se sumergen- en la pequeña esfinge guardiana. Los domingos alzan su graal en honor de la embalsamadora. !Quién acudiera a su grito, a la voz infantil abierta en grandes charcos! Y la arena traga a la desertora. Mar adentro, en largas jornadas al temblor.



(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)



No quieras jamás el consuelo, esa heredad de los débiles: trampas de las horas secándose hasta el llanto. Antes el viajero sufría desnudez en las victorias de la carne. Estar era abandono guardador de espléndidos seres arrebatados al milagro. Ítaca florecía en la mohosa estirpe de vísceras comidas por los lobos. Eso sí, los lobos que apacientan un mármol implacable.



(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)



Resplandece. Dudosa la luz de los rastros, de otra muerte, de las falsificaciones. Persuasión de un objeto vedado.



(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)



...muerte muerte muerte muerte muerte muerte muerte muerte muerte

CORONADA EN SILLA DE PAJA



(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)



Ciudades edificadas sobre cráneos. El viajero suele ver imperios en las estrías de un carbón amarrado a su sangre.



(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)




Cantabas un lenguaje de pájaros para cantar con los pájaros desde la fundación del mundo.



(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)



Detrás de una membrana se levanta la puerta. Imán de una memoria habitada -a sobresaltos- por desfiladeros interestelares, por rejas y por dientes,

RÍES LA FIESTA
EL SUSURRO DEL SIEMPRE TATUAJE
ABIERTO EN EL BALDÍO



(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)



Entonces una voz le dirá a Ezequiel: "Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos? Profetiza sobre estos huesos, y diles: huesos secos, Oídle."



(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)



Ya el sol fue tela de cilicio en mis ojos. Ahora llueve sobre las estatuas y recuerdo mis tribus, arrojadas por un rey enloquecido a sus amantes. ¿ Es que no probé las agrias almendras sobre el umbral, no las probé acaso? Atrás el alba pegajosa de los padres del desierto. Los mínimos ojos disponen de la aventura devorada por la herida.
Todo lo sabes del temblor y sus túneles. Por eso te pido la delicada llave, la fascinante.



(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)



Contra la lucidez, duermes tu boca de hielo, las nervaduras en declive de tu furia. Paredes donde remolcan el secreto. El mundo ha de resquebrajarse como un calco del mundo. Hospitales de la conjetura sin amparo, vísperas del espejo que huye. Falsos puñales dentro del vacío. Se subleva en piedad toda mi herida.



(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)



Vírgenes negras de Haití -desde lo alto- preparan el vuelo del rocío en el viento amargo de esta cacería. ?No ves cómo sangra el que aprendió a entrar en el grito? Era el grito incesante de la lluvia, el fruto amenazado.



(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)



Athanor para guardar el fuego. Ningún camino conduce hasta la casa: no hay casa, no hay espera. Déjale desatar este cielo. Levantar esa ceniza.



(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando Poe el bosque?)



Veo que pasean a un hombre en una jaula por las calles estériles de una ciudad idéntica a todas las ciudades en el planeta pavoroso. !Soy yo, el ilustre Ezra Pound con raíces de limoneros y humo lunar surgiendo de la mínima distancia entre el jadeo y el grito! !Seré yo, el andrajoso! !Pero alcancen la jaula y recojan los residuos!



(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)


Los monos suben los peldaños. Hay ráfagas de viento y de memoria. Puertas adentro, un jaguar destroza el graal de la usura.

Las palabras y el escrutador del secreto. Manuel Lozano

LAS PALABRAS Y EL ESCRUTADOR DEL SECRETO

(NOTA LIMINAR A "LSD")
 
                        ¿Quién podrá invalidar, a esta altura o desaltura de los siglos, aquel viejo principio de que el humor es una de las formas más altas de la inteligencia? Estas palabras del  obispo André Breton, hoy sometido -post mortem- a la miseria del remate familiar de todas sus pertenencias (por lo visto la miserabilidad no es patrimonio exclusivo de los políticos y empresarios de la Argentina), se entronca, entonces, en la mejor tradición de Aristófanes, Voltaire y Swift. 
 
                          Quien "construye" una revista o un boletín, reconstruye varias miradas y modelos del mundo. Esas miradas y modelos son, finalmente o quizá felizmente, palabras. Borges escribió en el prefacio de "El informe de Brodie": "(...) ¿Quién, en 1970, recordará con precisión lo que fueron, a fines del siglo anterior, los arrabales de Palermo o de Lomas? Por increíble que parezca, hay escrupulosos que ejercen la policía de las pequeñas distracciones. Observan, por ejemplo, que Martín Fierro hubiera hablado de una bolsa de huesos, no de un saco de huesos, y reprueban, acaso con injusticia, el pelaje overo rosado de cierto caballo famoso." 
 
                        Por eso elegí, cuando "construía" este LSD de mayo, el camino inverso al de las pequeñas distracciones: vale decir el de la busca de la invención y sus sombras reveladoras. Quiero agradecer, a mi vez, la alta calidad y cantidad de trabajos recibidos (nos resulta verdaderamente imposible poder publicarlos en su totalidad), como así también la generosa invitación de Alejandro Manrique para participar del proyecto.

                         El viejo sabio Huang Ta Chung advertía  a un discípulo que las palabras no son buenas para el sentir de lo secreto. "¿Quien puede ponerle nombre y apellidos al infinito?", se preguntaba. El presente "LSD" prueba que, contrario sensu, el secreto y el infinito admiten espléndidas o pavorosas genealogías de palabras. ¿Y no son Platón y Blake pruebas de ello?  

 
 
Buenos Aires, mayo de 2003
 
 
        Oscar Wilde, eximio maestro y vindicador de la "inutilidad" de las cosas, sigue advirtiéndonos contra la insuficiencia del milagro. ¿Para qué "sirven" estos hechos sobrenaturales si no se está preparado para recibirlos? André Gide rescata la resignificación de estas parábolas del evangelio:
 
 
                "(...) -Cuando Jesús quiso regresar a Nazaret -contaba él-, Nazaret había cambiado tanto que no reconoció su ciudad. La Nazaret que él había vivido estaba llena de lamentos y de lágrimas.; en la de ahora, todo eran carcajadas y cantos. Y Cristo, al entrar en la ciudad, vio a unas esclavas que, cargadas de flores, se apresuraban hacia la escalera de mármol de una casa de mármol blanco. Cristo entró en la casa y, al fondo de una sala de jaspe, recostado sobre un lecho de púrpura, vio a un hombre cuyos cabellos se hallaban entretejidos de rosas rojas y cuyos labios se veían rojos de vino. Cristo se acercó a él, lo tocó en un hombro y le dijo: "¿por qué llevas esta vida?" El hombre se volvió, lo reconoció y contestó: "Yo era leproso; tú me curaste. ¿Por qué tendría que llevar otra vida?"
 
             Cristo salió de aquella casa. Y he aquí que, en la calle, vio a una mujer cuyo rostro y ropajes estaban pintados y cuyos pies calzaban perlas; y tras ella iba un hombre cuya vestimenta era de dos colores y cuyos ojos se cubrían de deseo. Y Cristo se acercó al hombre, le tocó en un hombro y le dijo: "Pero ¿por qué sigues a esta mujer y la miras así?" El hombre se volvió, lo reconoció y le dijo: "Yo era ciego; tú me curaste. ¿Qué otra cosa podría hacer con mi vista?" Y Cristo se acercó a la mujer: "El camino que sigues", le dijo, "es el camino del pecado; ¿por qué seguirlo?" La mujer lo reconoció y, riendo, le dijo: "El camino que sigo es agradable y tú me perdonaste los pecados."
         
            Entonces Cristo sintió su corazón lleno de tristeza y quiso dejar la ciudad. Pero, cuando salía, vio finalmente, junto a los fosos de la ciudad, a un joven que lloraba. Cristo se acercó a él y, tocando los rizos de sus cabellos, le dijo: "Amigo mío, ¿por qué lloras?" El joven alzó los ojos, lo reconoció y respondió: "Yo estaba muerto y tú me resucitaste; ¿qué otra cosa puedo hacer con mi vida?"
 

Del que clama en el desierto. Manuel Lozano (Buenos Aires, 2002)

Manuel Lozano en la mítica "Residencia de estudiantes",   Madrid, 1998
 
DEL QUE CLAMA EN EL DESIERTO
Manuel Lozano
          Y se le dieron a la mujer las dos alas de la gran águila, para que volase
     por delante de la serpiente al desierto, a su lugar, donde es sustentada por un
     tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo.
                                Apocalipsis, 12, 14 
                                        
                                                
                               A Bartolomé Adrover Guerrero
            ...Raposa dijo Él con voz de ciprés cubierto en nubes, con sobrehumana voz que oíste a través del espino. Las ciudades caían. La codicia caía. Las estrellas caían. La lumbre omnipotente del temor caía entre los dientes convertidos en plumas. El légamo brillante caía en las ventanas. El poseso caía en residuos de silencio. Las aves caían pastoreadas por la muerte, como anunciara el psalmo de los hijos de Coré. Caían los cuerpos primitivos del deseo, el duro corazón de los apóstatas, el despiadado círculo de la revelación en un establo. Una lluvia de llagas caía aquí,  creciendo en  la perfecta batalla del luto enardecido.                       
          Ritual, tu mismo amanecer.
          Las ofrendas fueron  vanas en bocas de la usura o del desprecio. ¿Qué ofrenda no roza jamás el piso adamantino de su manicomio? La criatura llenaba de cadáveres los ahuecados troncos donde se regocija el sol de los misterios por venir, este sauce crujió por los huesos del relámpago. (Llenar la desnudez es atar con carne y luz a la palabra.) Estos humillados desmenuzaban las rotaciones de la sangre de los  padres -hilo tras hilo, semejante a las fastuosas mareas del día oscuro-, vertiendo asco sin saciar en vasos rotos. Nunca hubo muerte más muerte sobre la piel de Adán, el heredero. ¿Cuándo se  deshizo -semidormida- la máscara de buey para ahuyentar a los ladrones? ¿Ya sientes cómo explota el polen carnal en la fiesta del engaño?                                    
          Raíces desplegadas en suspenso sobre las cunas de los no nacidos. Las paredes frías del imperio caminan al derrumbe. Oímos la voz de esa criatura. Se arrodilló el éxtasis como una fragancia, como un ángel derramado en la noche del crimen.
          Ahora ¿quién hablará de redención cuando ha visto la ruina de la especie? Lagartijas arrastradas  por las olas y  tajos de bilis seca en el cerebro  y hormigas diminutas hay en los límites del presente miserable. ¡Acércate, vástago de multitudes, rehén de tu promesa! Cualquiera lamerá la apatía de su lucidez. ¿Guardas para él acaso una hilacha de la destrucción? El dadivoso mundo echó a correr entre las hojas, traspasando el archipiélago de una historia que no se detiene. La flamante anunciación echa redes en la jungla. Exhumo el calidoscopio de piedra que conjetura tu infancia vuelta poco a poco  un puñado de vidrios, que cose  las ceremoniosas estrías de la muerte.  Siempre era de noche en las tiendas de campaña. 
     
             Ritual, tu mismo amanecer.
            Esta cara se ofrece a los espejos desertores de un sacrificio sin ganancias. He aquí el llamamiento: un cráneo que muge, hacia los bordes un niño bailando entre chozas y déspotas. El mediodía salmodia la traición de los nombres en vuelo de la noche. Escarnecen al que hostiga con sarcasmo tan desnudo, voluntad de lo ínfimo y persistencia del llanto en cada gesto. ¿Por qué un refugio para la
"Alegoría de otra deidad: Adda Nari", por Manuel Lozano,
Buenos Aires, 2002
pérdida de Paraísos que nunca verán los hombres? ¿Es de hierro esta ley que expulsas por los labios?
          
            Ritual, tu mismo amanecer.
            Entonces habría que descifrar
            el sudario palpitante
            vuelto ojos,
            ratones fantasmales,
            sorbo en el plato nómade,
            levaduras de piedad baldía, 
            grimorio y claustro
            para el hijo de fuego.
            ¿Qué muladar?
            ¿Qué desagües donde salir de sí mismo?
            ¿Qué aserraderos imantados
            por el pan de la angustia?
            ¿Cuántas lavanderías
            desbordándose en el torbellino?
            ¿Qué tatuajes giratorios
            para cantar el nacimiento?
           
           
               
           
            Ritual, tu mismo amanecer.
            Amamantabas al joven moribundo del sueño: sin examinar, apenas, los tejidos de la simulación, apagando las lámparas terrestres. Antes me petrificaban en la ebriedad del grito. Me levanto ahora con amuletos encarnados en esta lengua encarnada. He llegado a desnudarme en el bosque tenebroso, novicio bebiendo en la escarcha su vinagre estéril. 
         Déjame en el tálamo, muéstrame el ungüento voraz, la cuidadosa posesión de la huida. Déjame, al fin, con este cráter. Resinas mustias. Brotes inagotables de placer. Heces del mundo. Yazgo en los pozos de combate que me apartan de mí mismo con el sarcasmo del perdón, esa Gorgona jactanciosa. ¿Qué memoria no es cómplice de la cautividad y de la espuria?                 
          Un venerable dice por mí las palabras que prometen el pequeño grano de infierno. Hurgo en el hastío de la plegaria. Advierto a los vendedores de heridas bajo la lluvia. Señalo al despojado  animal que vomita sus tripas, las tripas y el veneno.
            Ritual, rugido indócil. Todo fuego celeste.
  
Manuel Lozano
Buenos Aires, principios de diciembre de 2002
 Disertando sobre Silvina Ocampo, New York, 2000 (11 de enero 2003)

Apolonio de Tyana. Manuel Lozano

APOLONIO DE TYANA
y el agua es para mí como la tierra firme.
Poema egipcio del siglo XIII A.C.

Sobre el vasto desierto ha descendido un cántico estremecedor.
Todo el ultraje ya es palabra del pasado.
¿Qué abismo de sabiduría persevera hasta el erial
en que comen y beben de esta sangre?
¿En qué muro viste crecer la enredadera amarilla
que ahoga al prisionero amaestrado
bajo tantas clausuras?
Yo te traigo la joya de una progenie espantosa,
una suma de pétalos agrios, la ilusoria melodía
que sólo el jaspe reconoce.
Me asomo a la minúscula entrada.
Oculta como una breve fisura entre la niebla y el crimen,
miras la rosa azul inexpugnable,
la migratoria flor de Judea
que tus ojos deshabitan donde no me retengo,
y que inmolo con todo el luto de mi especie.
Lo increado ampara la destronada mansión en que sueñas.
Las criaturas hubieron de desprenderse del fruto enardecido
hasta purificar la muerte en esa eternidad de un solo instante,
eternidad, mi eternidad, vieja ráfaga ebria
subiendo en este pozo de las maldiciones.
Así quisiste el secreto:
suspendido entre los vahos de la pócima letal,
chocando contra las trampas de la perduración.
Un sudario de crines dejas a tu paso.
¿Quién horada hasta el eco, interroga
a su aviesa agonía con fábulas de amor, tan sólo súplicas?
Las caravanas se detienen.
Zumban abejas en la boca del druida.
Nadie enciende candiles para mí en el refugio
de crepúsculos y noches que son la Historia.
¿Cuándo el vítreo final, la engañosa bandada
de colibríes sobre el cuerpo yacente?
¿Y aquellas feroces dinastías de mi visión,
esculpidas con la certeza de las lluvias de Urduk?
¿Fue feliz el que estuvo?
¿Era mi cuerpo un lenguaje anterior a la palabra,
o apenas el héroe vacilante -pantera vacilante-
entre los hierros de su prisión a solas?
Nadie se aleja ni espera por mí, por él, por el que fui
antes que dios,
antes que el remotísimo esplendor
de una corona sepultada en la hierba.
Manuel Lozano  París, diciembre de 1997

El hilandero en Marruecos. Manuel Lozano (Buenos Aires, Argentina)

Título de la obra: "El Hilandero en Marruecos"
                   
Fecha y lugar de la toma: Fez, octubre de 1998
Autor: Manuel Lozano (Buenos Aires, Argentina)


Comentario a la fotografía:

                      El hilandero apareció ante mí, en medio del bullicio de los zocos de Fez y del siempre presagioso canto anunciador del almuecín. No en vano utilizo el verbo "aparecer", en el sentido de una mirada que comprende y que nos retroalimenta cada vez. La imagen del anciano era tenue, pero a la vez me poseía con el esplendor del alarido.

El arduo y mítico oficio de hilandero es ya un oficio desvanecido o en vías en extinción en occidente. Desde las viejísimas parcas (perversas y juguetonas) tejiendo nuestro destino hasta la resignificación social y política de este trabajo hecha por Gandhi, sin dejar de recordar aquellas asombrosas hilanderas de Velázquez, el emblema continúa su metamorfosis.
El hilandero en Marruecos nos recuerda una incesante alegoría: la habitada, tangible enunciación del hacer.
Manuel Lozano
Buenos Aires, noviembre de 2003