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miércoles, 3 de noviembre de 2004

Mi jefe no paraba de incitarme. Nicolás Ximénez


autor: Nicolás Ximénez  04/11/2004


Ahora que tengo el título, supongo que no me libra nadie de seguir con un argumento medianamente perfecto. Lo difícil será contar la historia para que parezca creíble. ¡Creíble!. La última semana no han dejado de pasarme cosas "sobrenaturales", por aquello de estar más cercanas a la irrealidad que a lo real.

Todo comenzó el día que empecé a trabajar en Correos. Como lo oyes, carrito amarillo de ruedas negras, hasta los topes de cartas, revistas, cajitas, y todo aquello que no pese más de 500 gramos ni sea urgente, que para ese menester está mi compañero Ariel, con su vespa, también amarilla, cargando a una velocidad nada permitida en una ciudad como ésta.

El segundo día, mi compañero Ariel, ¿te dije ya que se llamaba así?. Y eso que es de Pechina, imagínate si llega a nacer en Nueva York; su madre, que al parecer es muy moderna e internacional, estuvo enamorada antes de casarse, a todo prisa, con el padre de Ariel, y en recuerdo de su enamoramiento lo llamó así de por vida. A veces las madres y los padres tenían que pensar lo que hacen con los nombres porque a su hijo le han venido gastando toda sarta de bromas pesadas, marcándole totalmente una infancia difícil de niño bastante consentido.

Como no deseaba destacar entre las demás chicas, por algo odiaba las discusiones, y menos cuando hay muchas mujeres de por medio.. dicen que somos muy envidiosas entre nosotras, no se si hay mucho rigor científico en esto, pero, como no quería entrar en discusiones nada más empezar con mi nuevo trabajo, cuando me llamó por el interfono interior mi jefe de sección, para que bajara al sótano, discutí lo suficiente, pero no insistí en el tema. Bajé sin más a ver qué quería.

Al llegar me dijo, señalando toda una montaña de cartas que llegaban al techo: "clasifícalas por localidades, luego por zonas y más tarde por códigos postales". Observé atónita la pila, lo miré a él después y comenté, tímidamente, que para ese menester estaban los clasificadores de reparto; mi función era la de repartidora por la ciudad. Además, insistí, soy alérgica al polvo (alargué las letras para que se diera por enterado de mi problema de salud, no deseaba darme de baja, ya saben, el trabajo, las obligaciones... ); estos sobres tienen cantidad de él encima. Mire, le señalé el primero que apareció de cualquier modo y pisoteado.

Se acercó a mí, demasiado, mirándome a los ojos me dijo que o hacía lo que me había encomendado o hablaría con el jefe de personal y me pondrían de patitas en la calle esa misma mañana. No se porqué pero no tenía ganas de discutir y allí estaba yo, agachándome para ir haciendo grupos para agilizar el trabajo. Cada vez que me agachaba se me veían hasta las bragas. Para colmo ese día me había dado por presumir de medias con pececitos de colores que se dirigían al mar, que en este caso era mi culo. ¿No te vas?. Pregunté.

- Me quedo a ver el espectáculo, un poco más, sino te importa.

- Pues me importa, protesté yo.

- Vamos, no te hagas la remilgos ahora y sigue trabajando, sentenció.

A mala uva, para provocarle y ya que no se iba, me agachaba con más saña, enseñando ese comienzo que lleva a la cima de mi trasero. Si se ponía nervioso era su problema. Yo a lo mío.

De tanto agacharme y levantarme me estaba entrando un calor sofocante. Además, allí la ventilación era bastante cutre porque partía de un aspa que colgaba del techo y la humedad propia de los sótanos del edificio, sin más ventilación que la puerta de acceso de los carros por el montacargas, que ahora, al no haber ninguno, se encontraban cerrados.

Desabroché mi camisa con parsimonia y la coloqué encima de un taquillón. Debajo llevaba una camiseta color ocre, a modo de top, pequeñísima, apenas me tapaba el sujetador dejando al aire todo mi ombligo. Seguí con mi tarea, no sin antes comprobar que su respiración había aumentado de volumen y no paraba de fumar un cigarrillo tras otro.

Estaba de cuclillas agachada, cuando se me acercó con la excusa de darme unas cuantas esparramadas por los lados, condescendiente, como si quisiera ayudar, cuando me estaba dando cuenta de cómo miraba desde arriba mi escote, mis pechos, con tanto deseo provocador e insinuante que me ponía a mil... a pesar de sentir mi cuerpo cansado de tanto trajín.

Mi piel, de tanto ir de calle en calle, tirando del carro de correos, está muy morena, apenas se me distingue el blanco de los ojos, dicen mis amigos más íntimos, los que quieren bien. A la playa me gustaba ir a bañarme y nadar hasta quedar agotada y poco más.

Endurecer los músculos, disciplina, disciplina, decía mi profesor mientras me sujetaba de la cintura enseñándome a dar los primeros pasos en este mundo de la natación, aunque ahora que recuerdo, sus manos estaban más sobre mi culo respingón y su aliento sobre mi espalda mientras decía: ¡Así!. ¡Así!. ¡Sigue así, que vas muy bien!. Menudo elemento este profesor. Jajaja.

El caso es, como te decía, que estaba morena por todo el cuerpo y para compensar el moreno albañil de la calle, cuando iba a la piscina o la playa, me quedaba totalmente desnuda, así que tenía un moreno parejo, elegante, color miel de mil flores (porque es más oscura). Tengo que reconocer la belleza cuando la veo y yo estaba guapa.ufff. ¡Qué calor¡. Comenté. ¿No podían invertir en aire acondicionado?. Vamos, es una sugerencia. Me miró de arriba abajo. Sentí su mirada profunda. Me estaba desnudando sin más. Seguro que veía hasta mis huesos.. Vaya como me miraba.
Me tomó de la cintura apretándome con fuerza hacia su pecho y comentó.. "Yo te voy a dar a tí calor.. mucho calor.. vas a ver". Tenía razón. La temperatura de la habitación subió a mil grados, o eso me pareció porque lo que siguió después fue abrasador. Mi jefe tenía una figura obesa, pesada, apenas podía conmigo, sin retumbar sus gemidos de placer por toda la habitación, pero qué duda cabe que sabía dónde había que tocar, cómo moverse, besarme toda, llevar sus manos donde más falta hacía para lograr el placer que no sólo quería para él. Sino que, como me comentaría después, necesitaba que yo participara activamente. Era muy inseguro y sabía que podía poseerme, destrozarme, pero interiormente necesitaba que yo chillara de placer compartido, que no me quedara pasiva.. Eso le sonaba a desamores de juventud y no lo soportaba.
No tenía que insistir mucho. Tanto jueguecito de miradas, de agachar y subir, me habían puesto lo suficientemente caprichosa, deseosa, que me excitaba. Me gustaba enormemente que aquél hombretón sufriera tanto por mis huesos.
Las cartas sirvieron para un amor sin prisas. Me rogó que me subiera encima de su pecho para lamerme de cerca toda, abriéndome para él.. Pequeños, extensos, iba provocando espasmos que decían que estaba disfrutando como hacía mucho tiempo.
En agradecimiento a tanto placer colaboré en aumentar el suyo comiéndole su miembro, duro, glotona de virtudes como aquella que quería ahora para mí. Cuando ya estaba que no podía más me pidió que me la metiera toda hasta dentro y me moviera deprisa, sin pausa, quería llegar a un final magnífico. A lo lejos, creí oír el "Aleluya". ¿Sería verdad?. Al terminar me preguntó con la mirada cómo me había ido. Me desarmó ese interés. Lo besé en la boca. Perfecto jefe.. Perfecto.

miércoles, 6 de octubre de 2004

En el gimnasio. Nicolás Ximénez

EN EL GIMNASIO.- autor: Nicolás Ximénez

¡Brgggrrrrrr!. ¡Que frío!. Subiré al gimnasio. Las escaleras que llevaban a la planta alta estaban un poco resbaladizas por la lluvia caída un poco antes. La gente se amontonaba en los rincones cubiertos por la bóveda de mármol de las escaleras, fumándose un cigarrillo, sintiendo pasar las horas, y el claxon de  los coches que circulaban por la gran avenida de Pablo Picasso. Al entrar me saludan con amabilidad y sin decir nada ya me están ofreciendo una silla al lado del gerente. Me conocen de otras veces y saben que lo estoy esperando. En esta ciudad es difícil que llueva. Los más antiguos del lugar dicen que no recuerdan un día como el de hoy, demasiada lluvia, demasiado viento. Ese viento que un día viene dirección levante y otras poniente. Viento.
No han pasado diez minutos de charla cuando me gritan que pase hacia el fondo, a las duchas. Paco está terminando y quiere que vea un nuevo Cd-Rom que se ha comprado llamado el Messiah. Es un impaciente, pienso, qué más dará esperar un poco más, aquí fuera no se está tan mal y nos estamos riendo mucho con los nuevos chistes de niños pijos que van al club o cómo no, los machistas de siempre... son inevitables.

Porqué el miedo a la realidad que me ahoga,
dolor que no me deja respirar,
dolor que me aprieta...
la sensación de recorrer siempre el mismo camino y nunca llegar,
sentir el vértigo a lo desconocido,
no creer en nada, y nada puede ser un todo
que me sigue haciendo gritar....
dudas...

Me decido por fin. Las duchas se encuentra al fondo de este cruce de luces y sombras, olores diversos y cuerpos sudorosos. Son los espejos que sirven de cobijo al ritmo desenfrenado de la lucha diaria. Dicen que están pensados para vencer la vergüenza de los gimnastas que se tendrán que presentar a los concursos de "mister" y "miss musculitos"... no acabo de verlo claro, la verdad. Los chavales, desde muy jóvenes empiezan a tomar, con el fin de aumentar su agresividad, productos derivados de la hormona masculina testosterona: los esteroides anabolizantes. Vivimos en un mundo en el que se cultiva lo superficial, es decir, la imagen. Así, una hora de rayos UVA, aún sabiendo que produce tipos agudos de cáncer de piel, o una musculatura que hace estallar las costuras de la camisa, son indicios bajo los que se juzga, tan precipitada como superficialmente, que quien los ostenta es un individuo rebosante de fuerza y salud. Nada tan cuestionable: los anabolizantes esteroides androgénicos tienen efectos tan perniciosos que han provocado en el culturismo un alto número de muertes súbitas. ¿Es tan importante que los músculos estén inmensamente desarrollados? Si el dictamen de la moda lo ordena así, debido a la ansia de acumular y ser el que más, las secuelas podrían no justificar estos terribles motivos de orgullo. Quizá el inconveniente más inmediato sea que, al reducir la intensidad del entrenamiento, o al interrumpirlo por completo, el alto porcentaje de fibras musculares de acción rápida aumenta la capacidad de almacenar la grasa. En un artículo periodístico, Sport, 30-09-93, podía leerse: "Practicantes de culturismo declararon ayer ante el juez que la comercialización ilegal de anabolizantes para deportistas por parte de una red organizada es una práctica habitual en gimnasios de Barcelona, según informaron fuentes judiciales".
"¿Por qué un rey conversa con un pastor?  - Preguntó el muchacho, avergonzado y admiradísimo. (Paulo Coelho)"... Al verles así, me acordé de esta frase y pensé: ¡por que son muy bellos!. Siento cierto rubor de cómo me miran y no dejo de mirarlos a ellos a su vez. Están acostumbrados, por otras veces, a verme hablar con el portero o con las chicas que esperan a su vez a sus maridos, amigos, .... Corro unas cortinas enormes de color verde oliva. Perdón. - digo- pensé que ya habías terminado. Pasa Lola, no te quedes ahí. Cierra la cortina que hace corriente. Siento cierto pudor desconocido. ¿Me ayudas?.  Seguí aquella voz que me pedía lo enjabonara. Una piel suave, sin un pelo (decían que los ciclistas se afeitaban todo el vello para evitar los roces con las ropas y no se cuantas cosas más). Cada muslo estaba marcado, cada vena señalaba días y días de mucho entrenamiento, de sacrificio, y allí estaba yo, recreando mi tiempo, mi vista, mis manos, pasándole suavemente la esponja yupy's por todo su cuerpo sin poder retirar ni un momento la vista. No quería hacer otra cosa.
Suavemente le empapaba de espuma aromática y al llegar al pubis le comenté que tenía un pelo muy suave como el de las mujeres; ¡anda ya!.. me dijo.. muchas que has tocado tú ¿eh?. Me sonrojé, ¿entonces yo qué soy?. Risas. Seguí pasando mi mano por sus nalgas, prietas, sonrosadas, un culo en forma de melocotón con una piel tan suave como la seda y sin señales o marcas de granos. Perfecto. Se giró,  me tomó la cabeza entre sus manos acercándome a su calor, su fuerza y virilidad estaban al descubierto. Me pertenecía.

Dudas...
Con mi sombra siempre de lado, caminando
con-juntando, riendo y callando.
Son tan débiles las sombras en forma de interrogación que me están
desafinando
las dudas .... de ser.

¡Tómame! ¿Aquí? – Puede entrar alguien. Lo tenía cerca de la comisura de mis labios, mi boca entreabierta lo besaba... con cierta timidez, no sabía si le podía hacer daño o no. Me dijo, como leyéndome el pensamiento, sigue así, vas muy bien, sigue, sigue, y seguía gimiendo tan fuerte que temí que los demás nos oyeran desde fuera. No te preocupes comentó. Nadie entrará. Los grifos eran dorados, el agua caía azul celeste y en el techo del cuarto de las duchas había pintados unos ángeles que te miraban con ojos curiosos, sin censuras. Un canto al amor puro en un gimnasio. Abrazada a su cintura, sujetaba su jadeo, su hermoso cuerpo. Descansamos un rato hablando de pequeños detalles del día. Se metió de nuevo en el plato de ducha y dejó caer una espuma blanca sobre su cabeza cubierta con un largo y muy cuidado cabello color caoba, ojos vivos, aire de no haber roto un plato nunca. Inocencia. Pensé que la gracia de sentirse en el paraíso debía empezar con una visión como ésta. El amante duchándose con voluptuosidad cubierto con ángeles que miran sin verte.. ¡que belleza!. Al cabo de una media hora, al pasar por el espejo que había enfrente de la puerta de las duchas le comenté: ¡mi alma se despereza!.
Adiós Lola, a ver cuando te apuntas con nosotros a unas clases. Adiós Manu, se despedía de nosotros, Antonio el gerente, hasta mañana.  

¿por qué ese dolor que me ahoga?
¿por qué no puedo gozar sobre el camino más movedizo que las arenas?

Es libertad

Cada vez que me siento yo.....
Cada vez que me llega mi humanidad
Cada vez que oigo ese rumor del viento que trae ese aroma tan especial
siento cercanías
Porque siempre pedimos más
y  nunca nos dejamos en paz
.....
Aproximadamente cuando corre la bilis
dejamos de correr la pus mientras se derrota al tiempo
"Que se vaya ya ese aroma que no quiere empadronarse
y el sentir que acongoja los dolores que atrapan mis gritos"

ya basta... miento...

07/10/2004

viernes, 4 de junio de 2004

Recordándote en mis sueños. Nicolás Ximénez



Recordándote en mi sueños

Tu cuerpo, sin prisas, se aproxima a mi cuerpo,
rompe el aire que nos separa y me cobija en un inmenso abrazo.
Tu boca es mi boca, tus brazos en mis brazos,
tus manos me envuelven toda, acariciándome al compás de mi ritmo cardiaco.

Déjame que te vaya necesitando, que mi cuerpo reclame tu piel,
tu calor, olor, sabor, para formar un sólo cuerpo, una sola alma...

Quiero sentir tu cuerpo en mi cuerpo y tu piel en mi piel.
Como un acordeón me despliego a tus encantos.

Abriré para ti, de par en par, las piernas que sujetan la vida que da a otras vidas.
La tierra que habité la arranco con uñas y dientes,

construiré nueva sabia donde brotará la leche que un día me amamantó;

de tanto placer como los dioses me han otorgado al sentir tu presencia.

Me tomarás, besarás, follarás..., a ese ritmo que sólo tú sabes darme..
Esa necesidad de ti que me abre toda como una flor con cada uno de sus pétalos.
Sin convicción, anulados mis sentidos, con toda la lujuria que el amor otorga a los perfectos amantes.
Con ese deseo que sólo tú sabes calmar.
Ven. Tómame. Fóllame..Te espero.

La arena de tu playa, tostada por el sol, ha llegado a mi arrecife.
La mar me ha traído caricias, querencias anheladas, deseadas,
mientras la luna ocupa su espacio reflejándose en el agua...

autor: Nicolás Ximénez

05/11/2004

La túnica color butano. Nicolás Ximénez

LA TÚNICA COLOR BUTANO.

(Homenaje a la canción

"Burbujas de amor" de Juan Luis Guerra)

El calor era intenso y Lola llevaba una túnica de color butano, muy ligera. Al pasar cerca de la ventana que daba al balcón, la tela, con el aire, se cenía a su cuerpo, entonces tenía que apartar los ojos para ocultar la turbación que sentía. La veía desnuda, marcado su pecho bien formado, con los pezones erectos, la veo muy excitada, pensé.
Su cintura era pequena, ombligo redondo, algo prominente, parecía indicar el principio del fin con aquella protuberancia de color negro rizado haciendo un triángulo perfecto que venía a indicar el camino de unas bien contorneadas piernas calzadas por unas sandalias de tacón de no más de cuatro centímetros, no le hacían falta, era muy esbelta, demasiado delgada para el gusto de mi padre, eso seguro. No llevaba bragas.
A ratos la miraba sintiendo que no era conveniente levantarme del asiento. De alguna forma estaba protegido por los brazos del sillón de mimbre donde me encontraba. Cuando Lola se movía levantaba una pierna, como si yo no estuviera allí mismo, cruzándola sobre la otra en postura de flor de loto sobre una butaca de verano adornada con un tapiz de tonalidades ocres y teja que la cobijaban ampliando el espacio donde se encontraba.
La miré sin prisas, su pelo de leona cordobesa, ojos que ni pintados por Julio Romero de Torres; me atreví a sonar que la acariciaba. Sentí mi propia respiración, asustándome por si ella se había dado cuenta. Avergonzado me levanté del sillón de mimbre y, como si fuese a colocar el libro en la biblioteca, me aproximé a verla más de cerca.
- ¿Qué estás leyendo, Lola?
- ¿Dónde pongo "La Romana", de Alberto Moravia? Me ha gustado bastante, una construcción muy estudiada que mantiene la intriga durante toda la trama. Gracias por dejármelo leer.
Lola levantó sus ojos color aceituna, sonrió con su boca de labios carnosos, perfectos, a juego con su piel de melocotón. Hizo un gesto de contrariedad, y me dijo que lo pusiera en la estantería segunda de la derecha. En aquel momento eché de menos la canon, estaba viendo un instante irrepetible, expresión de belleza sin igual en aquellas facciones de muchacha-. Su escote tan pronunciado me estaba poniendo nervioso. Sentí calor.
- ¿Te queda mucho?- Podíamos acercarnos al río.
- ¿Qué te parece?
- Buena idea. Dame unos minutos me pongo algo apropiado.
Así estás muy guapa. ¡Coge tu bolso y marchémonos!
Manu, por favor, sólo son las cinco. Enseguida estoy contigo.
Mientras se alejaba hacia el dormitorio comentó en voz alta la puesta de sol para dentro de unas horas. Hacía una tarde de verano apacible, pero demasiado calor y humedad. Sólo una brisa de viento, algo a destacar en aquella ciudad cubierta de hojas secas, papeles, botellas de plástico,.. el viento no parecía distinguir la afluencia ni la procedencia de tanta basura por las calles.
No había terminado con mis divagaciones cuando apareció por la puerta una Lola que no sabía si era un sueno o era real. Se había colocado un collar de piedrecitas de distintos tamanos, color madera, sobre su fino cuello, muy delgado y alto, para hacer las veces de botonadura de una camisa apenas sujeta con unos frunces sobre su pronunciado pecho, dejándose caer, totalmente suelta, sobre una minúscula falda de tela vaquera abierta a los lados por dos rajas descaradas que le llegaban demasiado arriba para ese naciente deseo encubierto.
Como quien le molesta algo, me saqué de un manotazo la camisa de entre el pantalón vaquero, tengo calor, dije, así estaré más fresquito, y cubrí un pudor desconocido, aunque bastante molesto, que parecía querer salir de mi pantalón ajustado. Sentí su mirada. Se detuvo en mí lo suficiente como para ruborizarme.
- Anda, vamos, o no veremos la puesta de sol. Dios mío, pensé, si apenas le cubre la falda las bragas. -¡qué falda tan corta!-. No me atreví a decirla nada. Bajamos a la calle. La brisa movió la camisa de Lola. Nadie en la desierta calzada, ni debajo de su blusa. No llevaba nada. Mil aromas me vinieron, vainilla, giré la cabeza, mistela, no.. la más fuerte, canela. Me estaba mareando.
Subimos al auto. De camino hacía el río no paré de contarle los proyectos que tenía para el mes de octubre. La concesión de una beca me permitiría concluir los estudios de Bellas Artes en Venecia y quería compartirlo con ella, que parecía querer escucharme con atención. Era una buena oportunidad para dar el gran salto hacia algo más que unas exposiciones en las salas de arte de las Cajas de Ahorros. Algo más para darse a conocer internacionalmente. Lola sabía perfectamente que Manu pintaba mejor que muchísimos de los chicos de su ciudad. Incluso, dicho por los críticos de arte de los periódicos, con mucho más estilo y clase que la mayoría, muchos más experimentados y mayores que él. Sus cuadros sabían expresar aquello que la palabra no podía.

"Tengo un corazón
mutilado de esperanza y de razón
tengo un corazón
que madruga adonde quiera
¡ay¡ay¡ay¡ay!"

Con el movimiento del auto, debajo de su blusa sus senos se movían libremente pues ella nunca usó sostén alguno. De su cuello escurrían gotas de sudor que rodaban hacia abajo siguiendo el surco de piel entre sus pechos redondos y duros. Llegaron a la desembocadura del río. Al bajar mi mirada se encontró con la suya; un solo movimiento rítmico y sensual, una sola respiración agitada y un mismo deseo. Lentamente, como un sujeto que es siempre suyo, un verbo que le pertenece y un predicado que anticipa el tiempo, fue despojándose de sus ropas para sentir los rayos del sol, el aire y la brisa sobre su piel morena. Necesitaba ese calor sobre sus huesos y de forma natural, como un tango bailado por una mujer hermosa, pelo muy largo, siempre moreno, ondulado, boca perfecta y ojos que llevan el ritmo con tanta gracia, se sentó en la cálida arena, sin toalla, decía que así sentía una caricia especial que fluía por su sangre hacia la cintura. Mirarla era sufrir en silencio, pero callé.
- Lola. ¿Nos bañamos? Le propuse mojar la piel, sentir la fría corriente del río. Pero ella no quiso apuntarse. No le molestaba ese rayo de sol que a mí me picaba hasta la garganta.
"Y ese corazón
se desnuda de impaciencia ante tu voz
pobre corazón
que no atrapa su cordura"

Me alejé hacia la orilla. La dejé absorta oyendo la canción de Juan Guerra a todo volumen. Le apasionaba y no pareció importarle mi huida de ella, de su olor, su piel suave, su mirada de nina, su pecho orgulloso... El agua estaba bastante fría para ser una tarde de tanto calor, pero la necesitaba. Me ayudaría a solventar lo que me empenaba en esconder entre las piernas sin ningún éxito. Nadé, floté más bien, oliendo las algas marinas que habían sido arrastradas hacia la desembocadura del río, olía a pescadito frito del chiringuito "Los Cortes". Me entró hambre y decidí volver a su lado... Allí seguía Lola, tumbada boca abajo, con un brillo especial en la piel. Las piernas más bonitas que había visto nunca, una espalda de simetría perfecta, culo algo respingón... pensé en volver al agua cuando Lola me dijo que me acercara y por favor, le untara la espalda con crema hidratante.
- ¿No puedes tú sola? (dios mío, pensé, no se da cuenta de que si la toco no podré contenerme... la deseo con mucha fuerza, la quiero para mí).

"Quisiera ser un pez
para tocar mi nariz
en tu pecera
y hacer burbujas de amor
por donde quiera
?oh! pasar la noche en vela
mojado en ti"

No tenía excusas ante tanta insistencia inocente. Me acerqué, tomé la crema y empecé a darle ligeros masajes por los hombros, la espalda, bajé hacia la cintura... mi respiración me delataría, cada vez la notaba más agitada de la emoción que me estaba embriagando, y no precisamente del aroma a plátano de la crema. Bueno. -Ya está-. -Ahora sigue tú sola por las piernas o te quemarás. Lola me miró como quien no sabe nada del deseo que hace que dos cuerpos quieran estar juntos y me dijo:-Manu, por favor, no te hagas de rogar. Me senté mirando hacia el sur, encima de su culo, como formando parte de un juego improvisado. A Lola pareció gustarle la idea porque empezó a reírse y me comentó que si es que me quería vengar del trabajo que me había encargado aplastándola. Le dije que se callara y me dejara terminar cuanto antes. Seguí como si no la oyera reír untándole las ingles, los muslos de sus piernas, las corvas, hasta los tobillos una y otra vez... La excitación ya no se podía disimular. De pronto Lola me pide que la deje darse la vuelta, lo hago como un autómata de forma que ahora quedo encima de sus caderas. Sigue por esta parte, me dijo, y yo seguí con la crema. Abrió las piernas tanto que le podía ver la línea que separa las ingles del comienzo de su pubis, pelo negro, piel morena...
"Un pez
para bordar de corales tu cintura
y hacer siluetas de amor
bajo la luna
?oh! saciar esta locura
mojado en ti"

Ya no pude más. La tomé por los pies y empecé a darle besos uno a uno, después por los tobillos, las piernas, una y otra vez hasta llegar a las ingles. Allí me recreé sin brusquedad, le desaté el tanga por los lacitos de los lados. Lola ya no reía, sólo estaba pendiente de lo que hacía. Su piel me decía que quería más, sus piernas abiertas, sus labios rojos. Le tomé el cáliz que me ofrecía, comí y bebí todo el jugo hasta hacerla gritar ¡basta! Con unas manos temblonas me quitó el banador y a su vez empezó a acariciarme con ansiedad dándome pequenos mordiscos por todas partes... ¿Quieres que te folle? Pídemelo. Dime. ¿Quieres, Lola? Lola me tomó la boca, cerró mis labios con un beso que me quemaba. Abrazada a mí con fuerza me dijo al oído que la amara. ¡Ámame! ¡Fóllame! Rodamos por la arena, besos fundidos en más besos. Saliva de mi boca en su boca. La tomé por la cintura penetrándola con fuerza. Gritó de placer. Jadeábamos los dos. Gritos de amor que se llevó el viento del sur. No estábamos solos. Las gaviotas vinieron a ver lo que estábamos haciendo. Querían saber. Nada importaba. La seguí besando mucho rato. Mis manos sujetaban su cabeza, pelo suelto, larga melena. Le besé la nariz y le dije muy quedo: ¡¡Te quiero Lola!!

"Y este corazón
se desnuda de impaciencia ante tu voz
pobre corazón
que no atrapa su cordura"
autor: Nicolás Ximénez  05/11/2004

martes, 6 de enero de 2004

Un partido de tenis. Nicolás Ximénez

Un partido de tenis en Huelva
autor:Nicolás Ximénez
La luz refleja mi sombra alargada hasta el infinito, y con ella mi presagio de que no volverá. El juego de luces, al calor de estos farolillos me dan seguridad en esta noche fría. Intranquila mi alma, desespera con disimulo viendo como las manecillas del reloj van pasando sin que aparezcas. Rezaré, lo poco que recuerdo a San Pedro, imaginando estará gustoso en su altar velando por todos nosotros, los menos favorecidos en el comienzo de la odisea. 
Mi piedra, como la huella que deja la tierra en la mata,  empezó caminando por El Parque Alonso Sánchez. Como mujer, de paso en esta maravillosa ciudad,  aventurera y trabajadora, soñadora y austera,  me iba acercando por la Avenida de Andalucía hasta  ver  la primera escultura, en forma de cobijo- asiento rodeada de muchas ramas de hierro y metal  en forma de hojas de higuera o parra  que me sirvieron de  aposento durante un buen rato. Desde allí divisaba a todo el que pasaba, así como los montes se divisaban  llenos de árboles a lo lejos,  y unas  nubes sobre mi cabeza que parecían querer saludarme.. Un saludo para tí amiga y compañera.
En el club estuve viendo un buen partido de tenis donde disfrutaba de lo lindo toda la gente que allí estaba que no paraba de animar y animar a los participantes. Lo habría reconocido entre un millón con su gorra nike, pelo largo hasta los hombros, camiseta blanca, pantalón corto azul y tenis de bambino deportista. No dejaba de mirarme y yo me preguntaba si tendría alguna mancha en mi vestido largo hasta los pies o si sería la pamela azul con flores lo que le llamaba tanto la atención, porque otra cosa no podía ser...  para nada era su tipo. 
Sentí su presencia como este calor que ahora me acompaña. Mis pies temblaron, casi un grito salió de mi alma, cuando de forma inesperada ví como se me acercaba.. ¿Será posible que le guste precisamente yo, con tanta chica guapa que hay por aquí?... Cada vez más cerca y la misma angustia me asfixiaba. 
- Me llamo Santiago, para los amigos Santi. He visto que estás sola y me he dicho que podías sentarte con nosotros. Tenemos bocadillos y coca-colas.
- ¿Quiénes sois vosotros?.. Sólo te veo a tí.
- Ahora vendrán, somos una buena pandilla.. Vamos .... ¿cómo te llamas?
- Un buen partido. ¿Hasta cuando duran el torneo?. No tengo folleto explicativo. Dije yo, mecanismo de defensa de alguien que quiere huir.. tierra trágame.
- Hasta el domingo. ¿No eres de aquí verdad?. Tu acento .. 
- Me llamo Ana, encantada. Le tendí la mano como respuesta, que estrechó con tanta fuerza que casi me hizo daño, a la vez que tiraba de mí. ..-- Hay más sombra donde te digo. Vamos.
- Vimos el partido  comentando banalidades, rutas turísticas, los profesionales y sus ganancias... sin dejar de mirar los tres set que duró .... aplaudimos a rabiar.. Vaya partidazo. Se levantó y lo seguí hasta la salida. Me invitó a un paseo por el Parque. Te gustará me dijo..Durante todo el trayecto no dejamos de hablar de la escultura, la fotografía, la madre naturaleza.. Oírlo hablar te transportaba. Vivía en cada poro de su piel todo lo que me contaba. 
Anocheció deprisa y nos cobijamos debajo de un llorón sin causa sobre un asiento de hojas y escarcha. Me rodeó la cintura mientras me indicaba que viera cómo la luna nos cobijaba. Me dejé llevar.
_ Han pasado muchas horas ya. El frío se aloja en mi espalda. No me he traído abrigo. Recordando aquél paseo las horas pasan más deprisa. ¿Vendrá?.
- Al despedirse en la puerta del hotel me recordó que su casa era mi casa. Me lo creí. Parecía sincero y me gustaba. Vaya que si me gustaba. Allí estaba yo, como muestra, esperándolo, bajo un cielo raso, algo de viento, fría noche, helada mi cara...viendo en cada sombra, mi sombra,  su sombra que se aproximaba. Pero no llegaba.
Son las dos de la madrugada. Me han aconsejado que me vaya, no es buen lugar para una mujer mayor estar aquí tanto tiempo sentada.. Es peligroso, para la salud y el alma. Tomé mi bolsa de cuero, en el móvil ningún número, nada.
Paseando por entre aquellas esculturas mi alma lloraba con el llorón que las cobijaba. Una lágrima se despedía con añoranza de aquellos paisajes, de aquél entorno que me embriagaban. ¿dónde estás mi moreno?.. 
Te conformaste con hablar de paisajes, de sueños, de mundos que nos llenaban. Me diste tu cobijo y un sólo abrazo que dejó tu huella en mi espalda... Gorra en mano, moreno, dónde te fuiste?. ¿A qué otra morada fuiste a dar tu amor, tu mano, dulce voz que llega al fondo del corazón y aguarda?.
Mi autobús abre sus puertas. La gente parece tener prisa para tomar los asientos preferentes. El chofer me indica que o me subo o me quedo en la parada. Aún tengo esperanza. Subo descorazonada. El autobús cierra sus puertas. Se pone en marcha.
Unas manos pegan golpes en la puerta. Retumban con firmeza. Me llaman. Me levanté del asiento queriendo saber qué pasaba. Me encontré con unos ojos azules, pelo largo, mano firme que me abraza.... ¿Te ibas sin despedirte de mi?--
Beso profundo, abrazos eternos, las palabras sobraban.. así fuimos hasta la próxima parada.
Mis ojos brillaron por  su ausencia. La música que dejaron sus palabras aún suena en mis oídos... "amor... cada día que pase esperaré en esta tu casa que es mi casa"... "amor, ... cada día...esperaré en esta casa.... " " amor... tu casa.. es mi casa".

martes, 17 de junio de 2003

En la sala de manicura. Nicolás Ximénez

EN LA SALA DE MANICURA

 
Te quiero amor. Yo también te quiero.  Estamos en esa etapa maravillosa y perfecta donde todo nos parece, sin lugar a dudas, eterno. Él, como otras tantas tardes, tórridas, sin ganas de nada debido al excesivo calor, se quedó echando una siestecita con el aire acondicionado puesto, soñando, seguro que sí, porque tiene una cara feliz, la de un hombre satisfecho. Yo, a todo correr, me preparaba para ir al salón de belleza, le prometí que iría  muy temprano, decía que habían venido muchos turistas y a todos les daba por ir a la peluquería o pedían cita para hacerse una limpieza completa, así que deseaba ir a la hora recomendada.
En el reloj de la escalera daban las cuatro y veinte cuando toqué al timbre.  Me abrió una chica nueva, Susana, dijo que estaba sustituyendo a Pepa, la chica que siempre me atendía, porque se había puesto enfermo un familiar. Muy educada me preguntó si no había inconveniente en que fuese ella la que me atendiera. Con cierto rubor porque había quedado, hacía ya un mes, para hacerme una limpieza completa. Teníamos billete de avión para Tenerife, hotel con playa nudista, y no quería parecer un oso polar del sur de España.
Bueno, le comenté, eres una profesional, así que no  hay problemas. Cuando tu quieras me avisas y paso. Me miró de arriba abajo y con una sonrisa, que me pareció algo impúdica, se retiró para aparecer cinco minutos después con una bata blanca, pelo recogido y sandalias a juego, pidiéndome por favor que pasara, que todo estaba listo.
Como siempre, la habitación estaba decorada de forma acogedora para que las mujeres que pasábamos a diario por semejante tortura no deseáramos salir corriendo. La chica había puesto además unas velas aromáticas que olían muy bien. Me ayudó a desnudarme hasta la cintura. Mientras movía la cera, con cierta parsimonia, me habló de una nueva crema, para antes del depilado que suavizaba y abría los poros haciendo más fácil su retirada. Vale. Vamos a probarla. Le dije yo, que no me gustaba sufrir nada de nada. Pobres mujeres, me decía. ¿Porqué seremos tan fáciles de convencer?. Se untó las manos con una crema rosa que olía a madreselva y con suavidad me la fué echando por encima, empezando por las ingles. Ese masaje, inconscientemente me empezó a excitar. Intentaba pensar en algo frío, monótono, porque en la posición que estaba, se daría cuenta enseguida de cómo mi clítoris aumentaba escandalosamente de tamaño y mis labios se abrían como las flores en primavera. Ella me hablaba de los chicos que veía todos los días en la playa. Músculos bien formados, glúteos fuertes, morena piel, sanos cabellos, sus manos ahora subían y bajaban alrededor de la comisura de mis nalgas para después seguir subiendo hasta el monte de venus y volver a bajar...
La crema se absorberá enseguida. Nos llevará poco tiempo. Sin remedio, mi excitación iba en aumento. Con mucha maestría y destreza me empezó a eliminar el molesto vello . Se me escapaban gritos, quejas que ella remediaba pasándome la mano, abierta, acariciadora, sobre mi sexo, mitigando el dolor con el placer que sentía. Limpió todo con una nueva crema para retirar los restos de cera y una loción aromática, sin alcohol, para refrescar. Al terminar, dejó su mano abierta sobre mi sexo aún muy húmedo, acercó su cara a mi cara y me preguntó si me sentía bien. Abrí los ojos y le dije que si, que estaba bien. Entonces siguió acariciando, suavemente, pero con decisión, justo en la parte que más me gustaba, principio y fin de la vida, los labios, para después meter los dedos, sacarlos y volver a acariciar. Estuvo el tiempo suficiente hasta que notó que un flujo viscoso salía de mis entrañas, señal de que estaba satisfecha.
No hicieron falta palabras, ni besos, ni más caricias. Sólo una crema aromática, velas de colores de olores varios y destreza. Al salir del salón de belleza mis piernas, aún algo temblonas, respondieron al son de mis tacones altos que a duras penas me llevaron hasta el coche aparcado en el parking del edificio. Me prometí volver antes del siguiente mes...cuando volviera de mis vacaciones. ¿Seguiría aún allí?.

Un concierto. Nicolás Ximénez


Jugábamos a ser héroes en la gran montaña rusa un momento después del gran concierto. Todo nos parecía acorde con lo planeado apenas unas horas antes.

Mis tíos, ajenos a ese sentimiento primero que enfrentó nuestros cuerpos en el rellano de la escalera, le habían encargado mi cuidado y diversión, muchacha de provincias, de una familia venida a menos, cuando cerraron las minas de hierro. Unas vacaciones en la capital de España sería gratificante para esta alma despojada de caprichos, que se tendría que poner a trabajar sin haber acabado los estudios de bachillerato, dijeron sus tíos, convencidos de que en Madrid se lo pasaría estupendamente, antes de que la contrataran en la tienda de lencería.

Bajé a la plaza del barrio, quería jugar a la pelota o la rayuela con los amigos que había ido haciendo desde que llegué. Daba igual que fuesen mucho más jóvenes que yo, no estaba acostumbrada a sentirme sola. Al llegar a la plaza, sentado cerca de la fuente, libro en mano, estaba un chico, demasiado mayor para los demás niños, que me llamó mucho la atención.

Nos pusimos a jugar a balón prisionero, lo que aproveché para tirar con todas mis fuerzas de forma que le diera en los hombros para llamar su atención. Tan fuerte tiré que el libro acabó por los suelos. Corrí a pedirle perdón por el pelotazo, roja como la grana, pidiéndole disculpas sin parar. Recogió su libro con cara muy enojada y se fue.

Al ponerse el sol salí disparada, como otras tantas veces desde mi llegada a Madrid hacia la calle Arnedo, antes de que cerraran el portal, primero porque no tenía llaves y segundo porque era la orden que tenía de mis tíos mientras estuviera en la ciudad o me volverían a casa con mis padres. Al llegar a la altura del portal él, que llegó primero, hizo ademán de cerrar la puerta para no dejarme pasar. Empujé con todas mis fuerzas pidiéndole, por favor, que me dejara entrar o me llevaría una regañeta. ¡Y muy merecida que la tienes!. ¿Yo?, pregunté empujando la puerta.. ¿por qué?. He llegado a tiempo - protesté. No hay que tener tanto miedo a las grandes ciudades, total, seguro que aquí no pasa nada.

- Anda, por esta vez, te dejo pasar, pero que sepas que te la guardo hasta mejor ocasión.. El libro me lo has mojado y es un préstamo de la Biblioteca.

- Contra. No era mi intención. Se me escapó el balón. Además. ¿Porqué me haces a mí culpable, acaso fui yo?.

- No. Si encima será una embustera. Te he visto perfectamente.

- Pues no se cómo. No parabas de leer.

- Eso que te lo crees tú. Venga sube que aún me cabreo más.

Subí a todo correr las escaleras. Al llegar al segundo piso toqué a la puerta número 5. Él se me quedó detrás riéndose.

- Ahora me voy a chivar.

Mi tía abrió la puerta. Yo estaba horrorizada. Seguro que me enviarían para el pueblo. - Hola Ángel. Dame un beso. ¿cómo está tu madre?.- Horror. Encima se conocían.

-Pasa. Toma estas verduras y llevárselas a Tita. ¿quieres beber algo?. Hace mucho calor hoy.

Miré primero a mi tía, después al joven. No sabía a qué atenerme cuando mi tía dijo.. Almu, te presento a Ángel., es mi sobrino por parte del tío Julio y por tanto familia tuya también.

- ¡Ahora sí que me va a descubrir!, y por mala conducta, para ellos, claro, no para mí. Jolines, no había hecho nada, seguro que me enviarán a casa en el primer tren.

- Jugábamos a ser héroes en la montaña rusa un momento después del gran concierto. Todo nos parecía acorde con lo planeado apenas unas horas antes.

Entré a la casa y ahí quedó todo. Cuando mi tía pasó me dijo que había quedado con Ángel. para que me acompañara al Parque del Retiro. Estaba de vacaciones todo el mes y, según parece, no le importará hacer de cicerone para enseñarte Madrid. - Nos preparó unos bocadillos de tortilla, botella de agua fresca, una pieza de fruta para cada uno, con unos dineros que le dio a Ángel. para que nos divirtiéramos en el Parque del Retiro todo el tiempo que durara el concierto de Patxi Andion.

Buscamos asiento entre una multitud alegre mientras canturreaban sus canciones sabidas de memoria. Al fondo, en todo lo alto de las gradas, encontramos dos asientos continuos sobre la piedra dura y helada. Mis piernas lo percibieron sin rechistar, ya faltaba poco para que empezara el espectáculo y no había más sitio a la vista.

Un viernes, que no fue un viernes cualquiera. Dedicado a mí, quise responder con mis mejores galas, un vestido color caramelo, cortado a la cintura con frunces para dar mucho vuelo a una tela, muy a la moda, con unas sandalias de tacón haciendo juego sujetas a mis tobillos.

Las luces se van apagando, ya no queda más que los focos de los extremos de la concha que cobija el gran espectáculo. El escenario, completamente a oscuras, espera la figura que todos adoramos. De pronto un juego de luces, amarillas, azules, rojas, verdes, van dando forma a su silueta primero, para después iluminar a toda la orquesta que le acompaña.. Aplausos.. más aplausos con la gente en pie chillando: ¡que empiece!..¡ que empiece!

Ángel. coloca su bocadillo encima de la fría piedra y aplaude hasta quemar sus manos...Le miro con admiración.. Figura muy delgada, pantalón de pinzas marrón oscuro, pulover color marino cubriendo un pecho por el que asomaba un poco de vello.. Mentón pronunciando unos rasgos de muchacho generoso, avispado, "que promete mucho", según mi tía, muy bueno, que me cuidaría durante toda la actuación y me llevaría a casa sin problemas.

La música nos unió en un aroma común que recordaba las violetas de mi huerto... mareada miré hacia mis sandalias. Sentí su cuerpo a mi lado. Temblé toda, que no de frío y él pareció sentir algo parecido porque se abrigó hacia mis brazos, sin remilgos y , con una mano firme cubriéndome los hombros me dijo..¡ vamos a disfrutar del espectáculo!. La música limó las diferencias que pudieran quedar, él 31, yo 15, porque había algo que nos unía, la música.

Entre canción y canción, sus manos me tocaban, me abrazaba, me daban palmaditas en la espalda al compás del ritmo de la música. Atontada, unas veces lo miraba a él, otras al cantante acompañado de los gritos de la gente que llenaba el recinto.

Terminó el espectáculo muy entrada la noche. Me cogió de la mano para bajar todos aquellos escalones entre la multitud que esperaba al conjunto telonero, la "Polla Recor", que llegaría de un momento a otro. Pero a Ángel. se ve que no les gustaba porque sugirió, más bien me llevó hacia el parque.

- Tenemos bonos para las actuaciones y los cochecicos.. ¿entramos en la casa de los cristales?.

- Claro dije yo. Al poco de entrar, iríamos por la segunda habitación, vimos como se reflejaban unas figuras inmensas, gigantes, sobre nuestras cabezas. y unos gemidos retumbaban en el centro de la misma. Nos miramos. Ángel. se acercó a mí y me dijo que ya era adulta para ver aquello. Nos acercamos a la puerta y comprobamos como, de forma descarada e impúdica, una pareja hacía el amor entre los espejos pronunciándose su imagen sobre el entorno en un acto de amor gigantesco.. bello.

- Sentí placer. No sabía muy bien si era producto del que llevaba sintiendo toda la noche o simplemente que me gustó hacer de voyeur, pero me gustó. Temblé. Ángel, que se había sacado la camisa por fuera del pantalón, me cogió de la cintura empujándome hacia otra habitación. Nuestros cuerpos se reflejaban cuan figuras grecorianas hacia el infinito. Las siluetas se perdían hacia el suelo enlazadas en un supuesto lazo de múltiples colores. ¿Cómo harán esto? ¿Qué lindas no? Pregunté. Ángel me miró a su vez a los ojos y cogiéndome de la barbilla me besó en la boca metiéndome la lengua dulce, suave, empalagosamente tierna.. deseosa y húmeda.

No sabía como responder a ese beso que para mí era el primero. Alejó su cara un momento y comprendiendo me dijo.. déjate llevar, deja que tu cuerpo haga lo que quiera, tus labios, déjalos suavemente, no los aprietes.. relajate...

Me volvió a abrazar muy quedo, suavemente me fue. besando el cuello, el pelo, el lóbulo de las orejas, la nariz y bajó a mi boca que temblando esperaba ansiosa ese beso... correspondido, caliente, novato pero fiero, ávido de su saliva, su contacto dulce, profundo y eterno.

La miel de abejas de mil flores tienen el mismo sabor. Mi tía preparaba unos pastelillos de miel que me recordarán para toda la vida a Ángel., el chico que bailaba como un poseso la música de Patxi Andion mientras calentaba mi cuerpo con besos sedientos de otros besos. En aquél momento, mis besos.

Autor: Nicolás Ximénez 05/11/2004

sábado, 21 de octubre de 2000

Mi primera vez. Nicolás Ximénez



Iba de camino del instituto, mientras miraba distraída la gente que pasaba por la acera. Me preocupaba el examen que haría dentro de una hora escasa, para colmo de geografía, y no me había preparado nada más que el tema de la meseta. Al pasar por la tienda de frigoríficos “la carrera”, reflejado en los cristales, ví a un muchacho con las manos en los bolsillos, un suéter de cuello vuelto azul, pelo rubio, vaqueros y botas camperas, para ver su imagen me detuve un rato delante del escaparate como si quisiera comprobar el precio de las lavadoras con sumo interés. Tendrá unos cinco años más que yo y parece muy apuesto. ¿Y si le hablara? Dirá que estoy loca, y con razón, no es normal que una chica se te acerque y entable conversación con un extraño, y menos en un pueblo como éste. A través de los escaparates se podía oír el ritmo de una música empalagosa, de esas bailables en las discotecas y pensé que agarrada a su cintura, muy fuerte, bailando esa música, me sentiría feliz. ¿Y por qué no? ¿qué malo hay en que le diga algo? Seguí un rato más mirando el escaparate. El reloj de la emisora dio las 12 del medio día. Joroba, mi examen de geografía. Subí la cuesta corriendo, una calle muy estrecha donde si abrías los brazos de par en par tocabas con las dos manos las paredes de las casas. Casas con balcones de hierro llenos de flores, piedra y lasca en las fachadas, tejas rojas en los tejados; me gustaba pasar mirando con detenimiento cada detalle, los escudos de las familias pudientes en las puertas, las formas de las cornisas, los frisos con sus historias.. era muy bonito, pero ahora tenía mucha prisa porque llegaba bastante tarde al dichoso examen.

Al llegar a la puerta de madera gris, toqué varias veces el timbre luminoso, ultimísmo modelo invento del jefe de estudios, decía que así se llamaba la atención del profesor sin molestar a los demás alumnos, cuando salió Doña Mari, mi profesora. No había terminado de abrirme la puerta y ya me estaba dando una buena bronca. Celia, ¿Por qué vienes a estas horas?, el examen era a las once y media, después del descanso, ¿te acuerdas Celia? Le pedí disculpas contándole una sarta de embustes con tanta naturalidad que me dejó en paz durante todo el tiempo que duró la prueba. Del examen sólo me sabía 5 preguntas de las siete que había, así que decidí hacerlas lo más pronto posible e irme a la calle. Me acordé del muchacho rubio de jersey de cuello vuelto y camperas... sonreí soñándolo mientras contestaba los montes más importantes de la meseta; encima tuve suerte. Jajajaja.

Recogí los folios, me acerqué a la mesa de la profe y le pedí que me dejara salir sin esperar al siguiente profesor, porque mi madre estaba enferma con el riñón y tenía que hacer la comida para mi padre y mis hermanos. Doña Mari, una mujer de pelo totalmente blanco, a pesar de lo joven que era, a regañadientes porque no había llevado ningún justificante que afirmara lo que decía, me dejó ir recogiendo el examen con cierta brusquedad y mirándome a los ojos de una forma fija, tajante, como amenazándome de las consecuencias que estaba dispuesta a sufrir si le había mentido en algo. Pero no le hice caso, sólo quería irme a la calle y mirar a través de los escaparates de la tienda a ver si aparecía mi sueño de pelo rubio que parecía tan atractivo.

Bajé la calle a zancadas, sin correr, porque no quería dar la sensación de precipitación, de prisas; si me lo encontraba no quería que pareciera a propósito, tenía que parecer algo accidental. Llegué al escaparate, miré hacia todos los lados, pero no vi a mi chico. Esperé un momento y nada. Cogí mi mochila llena de libros que no entendía muy bien para qué tantos, y como era muy temprano para llegar a casa, además no tenía excusa ante mi madre que era más lince que la profesora, se daría cuenta enseguida de que me había fugado las clases del instituto, me encaminé hacia el club de mar, más exactamente hacia las rocas que bordean el club.

Desde que era pequeña tenía la costumbre de acercarme a aquél recodo, primero porque había muchos cangrejos y erizos, casi siempre conseguía pillar alguno para luego volverlos a tirar al mar. Sólo quería demostrarle a mis amigos que era tan valiente como ellos, pero nunca los mataba ni los llevaba a casa. Ellos siempre. Al llegar al acantilado rocoso que formaba aquella ensenada, me subí al muro que separaba el club de la arena y giré despacio para bajar a la roca lisa, suave, donde siempre me sentaba a verlos venir tranquilamente.

Estaba así, absorta, viendo las pompitas de aire que formaban los erizos cuando se mueven hacia la arena, esperando pacientemente para tomarlo sin que me pinchara, cuando ví una sombra muy larga en el agua. Temblé de arriba abajo. A veces sentimos cosas, no nos hace falta mirar ni que nos digan qué vemos, pero las sentimos. Así sentí yo su presencia. Un fuerte dolor de estómago fue el aviso de que estaba allí, mirándome la nuca, viendo lo que hacía sin moverme. Se sentó a mi lado. Olía a colonia de marca cara, de esas que sabes que huelen muy bien pero que no son ni lavanda ni de colonia bebé, luego tenía que ser bastante cara. Giré la cabeza y me encontré con unos ojos pequeños, marrones, muy vivos, inquietos, muy expresivos.

Me gustaron aquellos ojos que me hablaban de viajes marinos, ausencias de silencio llenas de pasión. Los pelos se me estaban poniendo de punta. Sentía como escalofríos. El chico pareció darse cuenta y me puso un brazo por encima de los hombros. ¿Damos una vuelta? ¿A dónde? Subamos a mi yate, quiero enseñarte algo que te va a gustar. Claro. Qué valiente yo. Ni lo dudé ni temí lo que hacía. Andamos hacia la bahía del club donde están todos los yates, los barcos de recreo y pesca. Subimos al suyo, un yate de color blanco con una franja azul de punta a cabo donde se leían las letras: “El arrecife de las sirenas”; entramos con cuidado para no darnos en la cabeza. Había cuatro escalones pequeños que separaban la cubierta del interior con los camarotes, la cocina, el baño... cuánta belleza. Me impresionó bastante tanta sencillez y originalidad, con esa madera lijada y pintada de colores salmón, azules, rosas, hacía unos dibujos preciosos. En la cocina había unos asientos en circulo que bordeaban una mesa blanca.

Voy a desayunar, te invito a unos huevos con mantequilla.. ¿Me acompañas? Bueno, asentí, yo también tengo hambre. En un momento preparó todo y con un poco de pan blanco y un tomate partido en dos trozos con sal y pimienta me puso mi plato. Me recreé en él como quién sabe que ese acto de comer y lo que vendrá después está fuertemente unido a la memoria de mis hormonas porque mis ovarios empezaron a moverse, no sería así, pero yo los estaba sintiendo.. me estaban bailando. Comimos mientras hablábamos de los recuerdos, la adolescencia, de las cosas que nos impresionaban. Me tomó la mano y me llevó a un camarote con dos literas. Subió a una de ellas y se tumbó boca arriba pidiéndome que le acompañara. Me temblaban las piernas, la voz, el pecho y su entorno. Una voz me decía que no debía tomar aquello que me daban, así, con tanta facilidad, y otra gritaba que lo abrazara para que no se fuera.

Ya lo estaba besando cuando él me metió la lengua en mi boca, yo torpe, no sabía, pero debe de haber algún instinto que te dice el como, porque él, con risas, me tomó la cabeza entre las manos y me dijo que sacara la lengua, luego que la girara como si me estuviera limpiando los labios,... la boca ya era su boca porque le hacía caso y mi saliva se me hacía un nudo en la garganta, me besaba, me hablaba, al cabo de un momento sobraban las palabras, su lengua era mi lengua, las dos hablaban el mismo idioma. Sabía a dulce de miel, sabía tanto que quería tragármelo entero.. se alejó de mi riendo, ehh, que me asfixias, jajaja, reía, suave, dulcemente, como su boca, yo jadeaba mientras le miraba entre expectante y ansiosa, tan deseosa de él que, con sus manos tomó mi cuello, acariciándome, besándome, me daba pequeños mordiscos en los lóbulos de las orejas, la nuca, mi pelo... casi gritaba de placer y no habíamos hecho más que empezar un ritual que duró hasta el anochecer.

Al llegar a casa aún sentía el latido de su sangre en mi sangre, de sus caricias. Las bragas las tenía un poco manchadas, había sido desvirgada, amada, feliz. Me habían hecho sentir como mujer y todo, por eso, merecía mi sueño, mi fantasía... mi placer en el paladar.. Me enseñó a amarle, a amar.