lunes, 17 de octubre de 2005

Una buena mesa, Maribel Cerezuela

 
Hacía casi una hora,
como había previsto la cocinera,
que terminó de prepararlos.

Pagarás por todo.
Los macarrones en espagueti,
la sal yodada,
un poco de pimienta en grano,
negra, muy negra.

A la hora justa
se sentarán a la mesa.
Nadie notará
las medusas de la cazuela.

La salvación llega a tiempo.
A la hora de la tranquilidad,
se lanzarán a comerlos,
sin valor al paladar.

Pagaran con las especies,
el agua buena,
su justo hervor

Una buena mesa. Maribel Cerezuela




17 Oct 2005 

una receta

Hacía casi una hora,
como había previsto la cocinera,
que terminó de prepararlos.

Pagarás por todo.
Los macarrones en espagueti,
la sal yodada,
un poco de pimienta en grano,
negra, muy negra.

A la hora justa
se sentarán a la mesa.
Nadie notará
las medusas de la cazuela.

La salvación llega a tiempo.
A la hora de la tranquilidad,
se lanzarán a comerlos,
sin valor al paladar.

Pagaran con las especies,
el agua buena,
su justo hervor


pd.- en honor a "Arguiñano", todo sea por la buena mesa.


Por El Prisionero en 29-08-2005 09:30, oskar garcía

Me has abierto el apetito, Maribel, ¿cuando degustaremos los ricos manjares que propones, al dente por supuesto, ante una puesta de sol pintada en un mural y con la música de la Radio Topolino Orquesta de fondo?


una buena mesa

Por Maribel Cerezuela en 29-08-2005 09:56.
Para degustar un buen manjar, cualquier sitio es válido, y este que propones con puesta de sol en un mural ¿pintado por ti? sería mejor aún, - lo postergamos a cuando terminemos esta esclavitud que nos tiene pelados los codos, callos en los dedos de escribir resúmenes que olvido a la mañana siguiente y sepamos que ya no tenemos nada que hacer hasta, por lo menos, el 2010. Al menos en mi caso. Tú tienes más posibilidades, así que, damos prioridad a lo vital y necesario y después... hablamos.
buenos días tengan todos después de estos días de nocturnidad, aunque sin feria.


pd.- estaba soñando hace menos de 10 minutos y nuestro amigo el cafetero mayor me ha echado de la cama.. Si cierro los ojos aún veo las montañas, que en el sueño, me ponían muchos impedimentos para subir.. y había mucha gente, caballeros de la edad media,... pero no recuerdo a ningún dragón. besos

miércoles, 31 de agosto de 2005

Búscala. Por Rysas

Ahora aquí sentada, de noche a la luz de las velas, con Frank Sinatra y sus Duets de fondo y al amparo de mi buen chocolate con almendras eso sí. ¡Ummm qué bueno sabe! quiero decirte que estoy descubriéndome yo, y al mismo tiempo veo claro que ya todo tiene sentido. Hay que mirar hacia dentro sencillamente, pero excesivamente duro a la vez. Y estoy descubriendo la felicidad. Sí, la felicidad; no la mía, sino descubriendo qué es, dónde está y sobretodo como conseguirla.
Está dentro de nosotros, en el fondo, muy profundo, sólo tenemos que llegar a ella. Y podemos, debemos. La Queremos, esa es nuestra verdadera búsqueda. Se consigue a través del deseo. Ese es mi descubrimiento y lo quiero compartir contigo, porque sé que al igual que yo, tú también sientes la necesidad de ser feliz, en tu trabajo, en tu casa, con tu familia.........
El deseo es la tapadera de las emociones y sólo debes abrirla y dejarlas fluir, sentir lo que eres, lo que te rodea, envolverte con la brisa, absorto en tus pensamientos, como una meditación profunda de lo que eres y de lo que quieres ser. Tienes primero que sentir el deseo; y es a través de la provocación.

Fíjate: hombres y mujeres queremos cosas distintas, porque distintos somos. Moda, recetas, coches, documentales, películas de acción o sentimentales, fútbol, dinero, trabajo, hijos, anécdotas pasadas, chistes, reuniones de amigos o familia.... Aunque no todos estamos en el mismo saco, siempre hay modelos a seguir, y todos al mismo tiempo somos modelos en una u otra forma.
La provocación, es el juego de hacer sentir excitación y ésta nos lleva al deseo, éste a la acción y la acción a la consecución, entonces si consigues provocar en ti esa excitación de querer ser feliz, eso te llevará al deseo de serlo y eso a moverte en ese sentido, hasta llegar a conseguirlo.
Hay muchas cosas en tu día a día que provoca tu excitación, y despierta tus deseos: una casa más grande, un coche mejor, un cosmético cuyo nombre sea más largo y lleve más ingredientes, una maquinilla de afeitar que apure más y mejor y que tenga un gel especial que te suaviza la cara........
Ese deseo hace que te muevas en la dirección de convertirlo en realidad y eso es el motor que te impulsa a conseguir lo que quieres. En todos los sentidos ocurre, pero estás acostumbrado a querer olvidar lo malo y sólo recordar lo bueno. Pues no. Hay que ir a lo malo...a sentirlo fugazmente y recordarlo aunque duela y devolverlo y sacarlo de nosotros.
En todos nosotros existen capítulos muy variados de tormento, sea en la forma que sea, y el no haber sabido en su día perdonarlo o asumirlo, según qué casos, se ha atascado dentro de nosotros, haciendo que no fluyamos en algún aspecto, por eso unos somos atrevidos, otros tímidos, otros graciosos, vivos, calzonazos, oportunistas, maltratadores, estrictos.....
Pues bien, sólo tienes que mirar hacia dentro. Nadie ha dicho que sea fácil, pero es posible. Requiere un gran esfuerzo, que es reconocerlo y despegarlo de ti.
Crear un ambiente especial, en el que te encuentres cómodo, con buena musica que te transmita, perfume, sándalo o cualquier otro aroma que te envuelva, la temperatura adecuada, y la compañía perfecta, que en ésta ocasión, suele ser la soledad.
Es mejor estar un poco deshinibido, pero es importante no pasar de ese punto. Y simplemente, piensa...en por qué no consigues la felicidad, por qué estas insatisfecho, que te falta...y no me estoy refiriendo en concreto a lo material, eso sólo cuenta en un 35%.
Mirar hacia dentro ti mismo. Qué te pasó con tus padres, hermanos, colegas, novios-as, profesores, accidentes, despedidas de trabajo, muertes cercanas, violación de tu persona en cualquiera de sus formas, física o psicológica o cualquier otra cosa o persona que te hizo sentir mal en aquel momento, y piensa en ello, recuerda como te sentías y piensa en por qué eso te hacía sentir así, no justifiques tus acciones, ni cargues culpa en los demás de tus errores, sé sincero contigo mismo, sería tonto auto engañarse, ¿No crees?. Se removerán tus tripas un poco, porque todo esto se asienta en el estómago, pero continua adelante, ése es el comienzo del camino de tu propio descubrimiento de la felicidad.
Tienes que recordar qué cosas te hacen sentir bien, si es la buena compañía, estar con un punto, la intimidad, estar en una posición de poder, envalentonado, protegido, querido, reconocido, el crujir de las hojas caídas en otoño, un bonito paisaje, el mar, una música, el olor de un bizcocho recién hecho, el tacto de algo, mirar como pasan las nubes, la vista de un cuadro, caminar descalzo por la arena o la hierba, contemplar la luna, pescar, correr, ir en moto, tomar el sol, estar desnudo entre las sábanas o en el agua.......
Algo que despierte tus sentidos, que te haga sentir bien, que te envuelva o adormezca, que te erice la piel o eleve tu espíritu, el instinto de algo que aún desconoces. Y ese es el camino. Es que vives sin disfrutar de lo que eres, de lo que está a tu alcance, sin sentir lo que te rodea, y sufres por lo que deseas y no consigues, en vez de desear lo que eres o tienes y descubrir el resto. Pues vamos allá, destapa tus deseos y deja fluir las emociones, siente como pasan los segundos, escucha el agua y el aire, siente la tierra bajo tus pies, disfruta de una llama, acariciate el pelo, deja que tus emociones se disparen, tócate la piel, siente la música, deja que todo se mezcle y te envuelva, flota, déjate llevar por las sensaciones, y sonríe o llora, si quieres, siéntete tú, estás ahí y puedes llegar a ser feliz si quieres. Sí, quieres, y puedes...
Vas sacando así lo que te atormenta y te vas limpiando de rencores, olvidos, incomprensiones, vergüenzas, situaciones incómodas, del daño causado, de no haber pedido perdón, no haber dado una explicación, no atreverte a recuperar una relación perdida, complejos, manías, etc... hay infinitos motivos que nos oprimen y hasta que no los dejemos salir, no ascenderemos en esta búsqueda, cuando los vomitas, pasas a otro estado, que es el de la satisfacción de haberte quitado un gran peso de encima, y así se comienza.., luego ya no puedes parar, ya trabajas sólo, cada día, poco a poco, empiezas a sentirte bien, a ver o sentir cosas a tu alrededor que siempre habían estado ahí y no llamaban tu atención, reencontrar un viejo amigo, felicitar en sus logros a los demás, reconocer tus errores, ceder y pedir que cedan, que tus hijos se porten mejor, o tu trabajo no te incomode, encontrar un aparcamiento, comprender a los demás, escucharles............................
A partir de que disfrutes de lo bueno que todo esto tiene, en el momento en que te encuentres agusto, porque pienses en lo bien que te sientes por lo que eres, en lo que has conseguido en la vida, que en unos casos, será dinero, posición, reconocimiento, cariño....lo que cada uno haya llegado a ser.

Cuando reconozcas que lo que eres o tienes es el producto de que has sido o hecho a lo largo de tu vida, empezarás a ser feliz, despierta tus emociones, déjate llevar, siente lo que te gusta plenamente, disfruta de lo que eres, de lo que tienes como persona.
La sociedad está llena de tribus urbanas diferentes, hippies, punkies, pijos...y todos tienen su sitio y sus razones y sus pensamientos y sus amores y odios, sus sentimientos. Debes aprender a despojarte de lo que no te deja ser feliz. Insatisfacciones, decepciones, melancolías...y hacer esa limpieza en ti mismo y así una vez conseguido, lo bueno te vendrá sólo, la dicha llega, no porque te llegue de fuera, sino porque está en tí, en tu interior y te empiezas a querer a ti y a los demás, porque descubres, que si ayudas al de al lado a ser más feliz, te sientes mejor y si te conformas con lo que eres, o decides luchar por conseguir lo que quieres ser, o si disfrutas de lo que tienes, llegas a sentirte bien, y ése y no otro, es el estado pleno de felicidad.
Estar en armonía con uno mismo.
Yo aún no lo he conseguido, pero estoy en el camino, y sé que es largo, pero prometedor. Siempre hay esperanza si crees en ello, o lo que es lo mismo, si quieres, puedes. No busques excusas, ni te justifiques, no lo empieces mañana ni el uno de enero ni el lunes, hazlo ahora, cualquier día, a cualquier hora y en cualquier lugar, deja la tele o el amigo, haz bocadillos para cenar, deja las compras para mañana y come hoy congelado, siempre hay un momento, hazlo en el WC, o en la cama, en la cola del metro, o cuando viajas, esperando en el médico, o asomado a la ventana....
Pensar es gratis y está en tí, no necesitas nada más, aunque es mejor si el ambiente acompaña, no es la única forma, sólo el comienzo..................................... y el final de lo dejo a ti. Quiérete, hazlo compártelo con todos los que sientas que no son felices....
¡ Buena búsqueda! ¡Buen encuentro!

01-09-2005 16:59

lunes, 20 de diciembre de 2004

La calle de la alcazaba.

Como cada día, María se preparó para ir al trabajo. Aquella tarde hacía demasiado calor. De entre su amplio vestuario decidió que lo mejor era ponerse ese vestido blanco que se compró en las segundas rebajas del Corte Inglés. Por otro lado, sentía un inmenso remordimiento, especialmente en aquél momento, porque sabía que, de camino al trabajo, como siempre, tendría que pasar por la zona más "peligrosa" de la ciudad llamada la zona de "las perchas", y no precisamente de buena fama.... se encontraría, con toda seguridad, con situaciones difíciles de solucionar o la menos,  la podían poner en un gran aprieto, .. Pero,  no iba a dejar de ser ella misma por cuestiones de tipo, llamémosle.. "inevitables".

Era todo un reto. Vestida, al fin, con un gran escote en forma de corazón que sobre su pecho latía como nube de algodón, le favorecía de tal forma que parecía había sido diseñado para cubrir aquellos preciosos pechos, duros, bien formados, y muy jóvenes, que ella, con apenas 23 años recién cumplidos, lucía con todo descaro y desconsideración para con sus compañeras de trabajo, mucho más gruesas que ella y con menos estilo en el vestir. Cerró la puerta con sumo cuidado. Sus padres estaban echándose una siesta placentera, y a ella no le gustaba que la oyeran marcharse con aquellos tacones de aguja, de color blanco con tira azul y bolso a juego, que tan especialmente esbelta le hacían. Suponía que su madre, y con toda la razón, le llamaría la atención recordándole que tendría que pasar por la gran avenida que conduce a lo alto de la calle La Reina,  o lo que es lo mismo, la oficina de información y turismo de La Alcazaba.

Al pasar por enfrente de la puerta de los cines Monumental, se dio cuenta que pequeñas gotas de sudor brotaban de su frente, por entre su flequillo despeinado con gran estilo y al gusto de su estilista, que suponía que era lo mejor para aquél espíritu siempre inquieto y rebelde.

Tomó un pañuelo de su bolso y se paró a asearse aquél estado de su cara que, por mucho que se empeñara su estilista, ella consideraba que no era el apropiado para ir a una mediocre oficina a trabajar todo el tiempo con la cabeza gacha y resoplando para poder ver los manuscritos que tenía que copiar y leer.

De espaldas, se dejaba ver la perfecta línea que marcaba su espalda, sólo alterada por la forma del sujetador y unas braguitas que marcaban su perfecta silueta. A través del espejo de la puerta, vió como, no creyéndose vistos por nadie a esas horas,  un chico se para y de forma impetuosa sienta en el capó de un coche azul a una chica y la besa una y otra vez, sin dejar de levantarle la falda y acariciarle las nalgas y la espalda.

Lo que vió le hizo enrojecer. Se dijo que hacía mucho calor y siguió su camino,  sintiendo como cierto pudor le corría sus mejillas y un cierto calor en su vientre le producía una sensación de celo que la desorientó.

Tocó al timbre, y al abrirle la puerta Sebastián, sintió como si toda la imagen que tenía en su mente se reflejara en su rostro como si de una película se tratara. Le preguntó que si le pasaba algo y la acompañó a la entrada principal hacia las escaleras de piedra que conducen a la oficina de Información al cliente.

Suba usted, señorita. Sintió la mano de Sebastián en su espalda y un escalofrío, mezclado con la sensación de calor que todo el camino la había acompañado.

Deseó estar sentada en su acogedor asiento y poner el aire acondicionado, secuencia que repetía cada tarde nada más llegar. Cuando ya estaba a punto de entrar en el pequeño saloncito, acogedor y bien decorado de su estancia, miró el reloj y se dio cuenta de que aún faltaban más de 15 minutos antes de que sus compañeros vinieran, entre otras cosas porque no era precisamente la puntualidad su cualidad más destacada.

Dejó el bolso sobre la estantería y salió. No había hecho más que volver hacia la esquina de la oficina en dirección a los baños termales cuando sintió la mirada fija de Sebastián en su espalda. Prefirió no mirar hacía atrás y hacerse la desentendida. A esa hora era totalmente imposible que nadie la observara ya que Sebastián era el portero de la Alcazaba y la hora de apertura al público con explicaciones históricas de cada aposento y demás no la empezada su compañera Rosario hasta las 18 y 15h., por lo menos, por aquello de la puntualidad que habíamos dicho antes.

Aceleró el paso y entró en la estancia que la madre naturaleza se había encargado de hacer y que los jardineros se preocupaban de mantener con todo esmero. Por algo se había, con el paso del tiempo, producido un entramado de ramas y flores que mantenían como oculta la entrada a los baños y daban esa sensación de seguridad que da cualquier pared de ladrillo de una  casa normal.

Nada más entrar le embriagó el olor intenso a alhelíes y narcisos que tanto le gustaban. Con calma se desabrochó la gran cremallera que corría su espalda desde el cuello hasta la altura de la cintura y dejándolo caer sobre la piedra ocre y limpia se sujetó el pelo con unas horquillas y dejó los zapatos en un lado para que no se mojaran con el chapoteo del agua.

Unos rayos de sol cubrían su cuerpo cobijándola del mismísimo sol y del aire caliente que atontaba.  Avanzó despacio, bajó un escalón, luego otro, y cuando el agua ya estaba por su cintura se dejó caer del todo sintiendo que todo su cuerpo se abría y se dejaba mecer por aquella agua cristalina y templada producto del sol y de las propiedades termales que la caracterizaban.

Jugó un rato con el agua. Sintió que estaba aún bastante acalorada, excitada por las imágenes que más que haber visto, había imaginado y sentido dentro de sí como fuego que abrasa. Pasó sus manos por sus pechos, su vientre, con suavidad, y tembló de deseo y placer. Estaba en esa pose, como quién hace el muerto en el agua, cuando sintió que otra mano la cogía de la espalda y una sombra tapaba los rayos de sol que cubrían su cara. Miró, dio un respingo y fue a levantarse cuando Sebastián le dijo que se dejara llevar, que no pasaba nada, con esa voz profunda y tan personal que le caracterizaba, así como con una mirada fija y segura en sus ojos. Nunca supo porqué ni se lo preguntó porque no encontró respuesta que le satisficiera, pero se dejó llevar.... Sebastián la empujó suavemente por entre el agua y los nenúfares del estanque jugando con su cuerpo, que ahora se dejaba deslizar hacia abajo y luego hacía arriba formando un remolino que a la vez que le producía cosquilleo le daba, entre las piernas, una sensación de quemazón que cada vez le estaba gustando más y más. Las manos de Sebastián, firmes, seguras, cogían ahora su espalda, luego bajaban por sus nalgas, sus piernas, con ritmo y suaves a la vez.. que la embriagaban.

No abría los ojos. Se dejaba llevar. Cuando de pronto, sintió que en una de esas veces que él la deslizaba hacia abajo, le abrió las piernas con suavidad y la atrajo hacía si, sintiendo que con dureza y fuerza como la paraba con su sexo  y la rozaba con pequeños golpes en los labios una y otra vez,  sin ningún esfuerzo, como si flotara sobre una nube de algodón, más que nadar en aquellas aguas tan cristalinas. Parecía una pluma en sus manos. Una sensación liviana, sutil, etérea,... así se  sentía y así lo parecía. Se dejaba llevar y traer.

Contrajo las piernas, la pelvis, sentía como si en cada vaivén se tragara el agua del estanque y sentía cierto pudor.. Sebastián la cogió por la cintura con una mano y con la otra le rozó los labios de su coño así como le introducía los dedos sin esfuerzo para ir excitándola cada vez más.. Le pasó la mano por entre su pelo rizado y rubio, sus labios cada vez más rojos y excitados, su clítoris duro y prominente.. que la estaban haciendo gritar de placer. Gemía con fuerza. Y no podía parar. En ese juego pausado, suave, y sin parar estaban cuando oyeron el timbrar ensordecedor de aviso a los clientes de que empezaba el recorrido hacia el interior de la Alcazaba. Con esfuerzo y rabia salieron a toda prisa, se secaron y se vistieron, tirando cada uno por un camino distinto de vuelta a la oficina. Sintió un dolor agudo en el bajo vientre y en la pelvis una gran quemazon.. fue una jornada sin acabar y estaba deseando hacer algo.. no podía más. Saludó con cierta aparente frialdad a sus compañeras, más por estar ajena a ellas que por dejadez y se metió a toda prisa en la habitación que conduce a los aseos de señoras a la derecha y caballeros a la izquierda.

Una ligera brisa de aire movió su pelo con cierta soltura. Miró la ventana y se dedujo que la habían abierto sus compañeras al entrar. Iba a coger el pomo de la puerta de entrada a uno de los aseos cuando la levantaron por detrás. Y la pasaron hacía dentro. Una mano en la boca le impidió gritar.. era Sebastián. Si ella estaba excitada, él, fuerte, varonil y fogoso estaba ansioso y angustiado por el placer que sentía.. Sin mediar más palabras la subió sobre sus rodillas y la penetró con fuerza una y otra vez. La besaba para que no se oyeran sus gemidos y la hablaba al oído con palabras cada vez más obscenas y excitantes..

©Por una barra de pan.


Me gustaba aquél olor a pimentón dulce, a laurel, a ajos, a hierbabuena. Los fines de semana nos quedábamos en la tienda porque mis padres se iban de viaje al pueblo, me gustaba que se fueran. Las personas que venían estaban viciados por las costumbres de atención y su buen tacto y yo no quería despacharlos sin que se fueran pensando que allí no faltaban los Yebra.

Un día, vísperas de San Juan, la tienda se abarrotó de gente, sobre todo chiquillería que compraba coca colas, fantas, golosinas... eran muchos y no estaba dispuesta a que faltara nada o mi padre lo notaría enseguida llevándome una buena regañina. Entre gritos de los chicos y chicas, me daba toda la prisa que podía para no impacientarles por temor a que me empezaran a romper los estantes donde mi madre colocaba en perfecta armonía montañas de cajitas de todos los colores que contenían azafrán, comino o tomate seco. Entre tanto barullo, se oyó una voz, en un meloso y sonoro italiano, preguntándome si tenía "ron negrita y mucho hielo", ..."mucho hielo señorina, mucho hielo para mi"... "¿tiene usted?". Esa voz, tan melódica volvió todo del revés en un momento. Ya no me importó lo que hicieran los chicos, ni sus voces o sus prisas... sólo tenía oídos para este chico de acento italiano, pero tan rubio, de piel tan blanquísima que parecía bajado de la mismísima Escocia hacía unos minutos.

Le atendí sin retirar mi mirada de aquellos ojos risueños, cariñosos, guasones, moviéndome como una autómata al sonido de su eco. Me pagó el importe de la compra y se fue dejando una estela, embriaguez en mi corazón alterado, por tan peculiar belleza. ¡Que hombre tan guapo! No tendrá más de 35 años. Tal vez algunos más. No sabría con exactitud su edad, su atuendo era muy juvenil haciendo juego con una voz que me recordaba al “loco de la colina” en sus mejores momentos... ya sabes, voz de matices, sinuosa, lujuriosa, haciendo hincapié en cada sílaba, recreándose en los tiempos y frecuencias inevitables y directos a tu corazón.

El resto de la tarde transcurrió igual, mucha gente con bolsas camino de la playa, chucherías y mucho hielo para pasarlo bomba. Sentía cansancio, las piernas embotadas de tantas horas de estar de pie y sudada. Tenía la sensación de que olía a esa mezcla tan humana y peculiar de una tarde de verano rodeada de mucha gente. Es inevitable supongo oler mal en estos momentos.

Estaba absorta, con un pie en la ducha que me iba a dar, con otro recogiendo a toda prisa todos los cuchillos, la madera de cortar el pollo, cerrando las cubiteras y reponiendo el agua de las bolsas de hielo cuando entró el italiano por la puerta. Descaradamente me lo quedé mirando al tiempo que le pregunté qué deseaba. "Señorina, por favore, barras de pan, ¿le resta alguna barra de pan?", preguntó con ese acento.. ¡Ay dios, qué acento tan lindo!. En la tienda no me quedaba ninguna barra, pero, previniendo por si me animaba a irme a la playa con los amigos, había metido en el congelador de casa, muy de mañana, dos barras, lo que tendría de sobra si compartía con aquel señor una. Mientras iba cerrando la caja le comenté que tenía en casa, que si me acompañaba le daría con mucho gusto una. Dijo que si, que esperaría sin problemas. Cerré las persianas de la tienda, y nos fuimos dos calles más abajo que estaba la casa de mis padres. Abrí la puerta y pensé que lo mejor sería que esperara fuera, en la calle, mientras las ponía en una bolsa y se las daba. Pero él no debió de entender mi preocupación por el qué dirá mi vecina ni entendió de costumbres o modas porque pasó detrás mía al interior de la casa sin esperar comentario alguno de mi parte.

Encendí la luz y con un gesto le señalé el sillón donde podía sentarse a esperar un momento, sólo un momento, comenté, mientras iba camino de la cocina y tomaba la barra de pan. Me estaba poniendo muy temblona, casi que me estaba sintiendo demasiado nerviosa. La situación había que controlarla. Salí de la cocina y el pan fue directo al suelo. Allí estaba él, encima del sillón, totalmente desnudo, excitado, viéndome llegar. Mi reacción fue la de acercarme cogiendo su pantalón, pidiéndole que se lo pusiera y se marchara, al tiempo que deseaba ese miembro fuerte, viril que me estaba provocando. No podía quitarle la vista de encima y eso me irritaba. Vamos, ¡¡vístase.¡¡. Grité. Se levantó con parsimonia, se acercó a mi y cogió la camisa, pero en vez de ponérsela la puso cuidadosamente encima de una silla girando para tomarme en un abrazo sin tiempo a protestar. Su boca se juntó con la mía, me mordió en los labios, las orejas, el cuello. Al principio mis manos intentaron disuadirle para que me dejara, pero mi pecho excitado, y la saliva de mi boca decían todo lo contrario.

Me dejé llevar. Se dio cuenta rápidamente porque sin pararse un segundo en abrazos, mordiscos suaves y caricias, me desabrochó el vestido verde manzana que llevaba puesto tirándolo contra el suelo, a la vez que me subía sobre su cintura con una mano y con la otra tiraba de mis bragas, que sin llegar a quitármelas ya me la había metido hasta dentro con tanta destreza que chillé de placer. Me estuvo cabalgando una y otra vez, cada vez más fuerte, jadeante, al tiempo que me decía frases en un italiano provocante y lujurioso dándome el estómago fuertes dolores de placer y ansias.

Cuando creí que había llegado él a un orgasmo por los gritos de placer que daba, me bajó al suelo dejándome abierta totalmente de piernas encima del sillón. Se agachó besándome toda, comiéndome toda a besos, mordiscos de placer de forma que su lengua ya formaba parte de todo mi pecho al que absorbía con verdadero ímpetu e interés. Bajó al cabo de un tiempo hacia mi monte de venus, primero, después a mis labios, boca de fuego, lava a punto de estallar, que bebió sin pudor mordiendo una y otra vez cada protuberancia, cada labio, cada recoveco. Su lengua la sentía dentro de mí una y otra vez a la vez que su nariz me frotaba mi clítoris insaciable.

Levantó la cara, me miró con éxtasis la expresión de la mía y sintiendo a la vez que veía que estaba a punto de llegar al punto más álgido donde la locura, pasión y miedo a tanto placer se mezclan sin esfuerzo, me dio media vuelta y tomándome el trasero entre sus manos me la metió hasta sentir mercurio, por sus anillos, sobre mi anillo infernal, de forma unívoca en un sentimiento mutuo de tanto placer que perdí el conocimiento.

Cuando me desperté, abierta toda de piernas en el sofá, sudada y mordida por toda mi piel, sentí que era otra persona distinta a la que se había levantada aquella mañana queriendo aprender de negocios sin acritudes. Me levanté con esfuerzo y al pasar por el espejo de la consola del mueble del comedor pude comprobar como mis pezones aún se mantenía erguidos, desafiantes, mirando al techo, doloridos, pero felices, casi sintiendo sus labios que quemaban, sus dientes que acariciaban. Al pensarlo noté como un fluido viscoso bajaba por entre mis piernas. Estaba claro que había disfrutado bastante. Me preparé un buen baño con agua muy caliente y muchas sales.. Mi dulce italiano. ¿Dónde estas?.

autor: NICOLÁS XIMÉNEZ 
21 de diciembre de 2004

domingo, 7 de noviembre de 2004

Puentes imaginarios. 11/10/1999. Maribel Cerezuela




La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - diariovoz - 'Puentes imaginarios'





Puentes imaginarios

Así que me conociste,
en un mundo de ensueño y fantasía
trazando palabras, firmes, poderosas
llena de costumbres, recuerdos...
poseídas de verdades absolutas
que llenaban mis oídos
de ese aroma que embriaga
para siempre la esperanza.
Firme. Segura.

En eterna consonancia con el hacer diario,
amabas los crepúsculos,
los ocasos de las estrellas de la noche.

Soñabas al alba el camino,
trazabas puentes imaginarios
de cuerpos hermosos inventados.

Construías casas portátiles,
confortablemente instaladas
con abrigos de palabras.

Suave fuego de chimenea ardiendo
en madeja que une la vida
manejada, desenredada, vigorosa.






Texto de diariovoz agregado el 07-11-2004 a la
Página de los Cuentos 



miércoles, 3 de noviembre de 2004

Mi jefe no paraba de incitarme. Nicolás Ximénez


autor: Nicolás Ximénez  04/11/2004


Ahora que tengo el título, supongo que no me libra nadie de seguir con un argumento medianamente perfecto. Lo difícil será contar la historia para que parezca creíble. ¡Creíble!. La última semana no han dejado de pasarme cosas "sobrenaturales", por aquello de estar más cercanas a la irrealidad que a lo real.

Todo comenzó el día que empecé a trabajar en Correos. Como lo oyes, carrito amarillo de ruedas negras, hasta los topes de cartas, revistas, cajitas, y todo aquello que no pese más de 500 gramos ni sea urgente, que para ese menester está mi compañero Ariel, con su vespa, también amarilla, cargando a una velocidad nada permitida en una ciudad como ésta.

El segundo día, mi compañero Ariel, ¿te dije ya que se llamaba así?. Y eso que es de Pechina, imagínate si llega a nacer en Nueva York; su madre, que al parecer es muy moderna e internacional, estuvo enamorada antes de casarse, a todo prisa, con el padre de Ariel, y en recuerdo de su enamoramiento lo llamó así de por vida. A veces las madres y los padres tenían que pensar lo que hacen con los nombres porque a su hijo le han venido gastando toda sarta de bromas pesadas, marcándole totalmente una infancia difícil de niño bastante consentido.

Como no deseaba destacar entre las demás chicas, por algo odiaba las discusiones, y menos cuando hay muchas mujeres de por medio.. dicen que somos muy envidiosas entre nosotras, no se si hay mucho rigor científico en esto, pero, como no quería entrar en discusiones nada más empezar con mi nuevo trabajo, cuando me llamó por el interfono interior mi jefe de sección, para que bajara al sótano, discutí lo suficiente, pero no insistí en el tema. Bajé sin más a ver qué quería.

Al llegar me dijo, señalando toda una montaña de cartas que llegaban al techo: "clasifícalas por localidades, luego por zonas y más tarde por códigos postales". Observé atónita la pila, lo miré a él después y comenté, tímidamente, que para ese menester estaban los clasificadores de reparto; mi función era la de repartidora por la ciudad. Además, insistí, soy alérgica al polvo (alargué las letras para que se diera por enterado de mi problema de salud, no deseaba darme de baja, ya saben, el trabajo, las obligaciones... ); estos sobres tienen cantidad de él encima. Mire, le señalé el primero que apareció de cualquier modo y pisoteado.

Se acercó a mí, demasiado, mirándome a los ojos me dijo que o hacía lo que me había encomendado o hablaría con el jefe de personal y me pondrían de patitas en la calle esa misma mañana. No se porqué pero no tenía ganas de discutir y allí estaba yo, agachándome para ir haciendo grupos para agilizar el trabajo. Cada vez que me agachaba se me veían hasta las bragas. Para colmo ese día me había dado por presumir de medias con pececitos de colores que se dirigían al mar, que en este caso era mi culo. ¿No te vas?. Pregunté.

- Me quedo a ver el espectáculo, un poco más, sino te importa.

- Pues me importa, protesté yo.

- Vamos, no te hagas la remilgos ahora y sigue trabajando, sentenció.

A mala uva, para provocarle y ya que no se iba, me agachaba con más saña, enseñando ese comienzo que lleva a la cima de mi trasero. Si se ponía nervioso era su problema. Yo a lo mío.

De tanto agacharme y levantarme me estaba entrando un calor sofocante. Además, allí la ventilación era bastante cutre porque partía de un aspa que colgaba del techo y la humedad propia de los sótanos del edificio, sin más ventilación que la puerta de acceso de los carros por el montacargas, que ahora, al no haber ninguno, se encontraban cerrados.

Desabroché mi camisa con parsimonia y la coloqué encima de un taquillón. Debajo llevaba una camiseta color ocre, a modo de top, pequeñísima, apenas me tapaba el sujetador dejando al aire todo mi ombligo. Seguí con mi tarea, no sin antes comprobar que su respiración había aumentado de volumen y no paraba de fumar un cigarrillo tras otro.

Estaba de cuclillas agachada, cuando se me acercó con la excusa de darme unas cuantas esparramadas por los lados, condescendiente, como si quisiera ayudar, cuando me estaba dando cuenta de cómo miraba desde arriba mi escote, mis pechos, con tanto deseo provocador e insinuante que me ponía a mil... a pesar de sentir mi cuerpo cansado de tanto trajín.

Mi piel, de tanto ir de calle en calle, tirando del carro de correos, está muy morena, apenas se me distingue el blanco de los ojos, dicen mis amigos más íntimos, los que quieren bien. A la playa me gustaba ir a bañarme y nadar hasta quedar agotada y poco más.

Endurecer los músculos, disciplina, disciplina, decía mi profesor mientras me sujetaba de la cintura enseñándome a dar los primeros pasos en este mundo de la natación, aunque ahora que recuerdo, sus manos estaban más sobre mi culo respingón y su aliento sobre mi espalda mientras decía: ¡Así!. ¡Así!. ¡Sigue así, que vas muy bien!. Menudo elemento este profesor. Jajaja.

El caso es, como te decía, que estaba morena por todo el cuerpo y para compensar el moreno albañil de la calle, cuando iba a la piscina o la playa, me quedaba totalmente desnuda, así que tenía un moreno parejo, elegante, color miel de mil flores (porque es más oscura). Tengo que reconocer la belleza cuando la veo y yo estaba guapa.ufff. ¡Qué calor¡. Comenté. ¿No podían invertir en aire acondicionado?. Vamos, es una sugerencia. Me miró de arriba abajo. Sentí su mirada profunda. Me estaba desnudando sin más. Seguro que veía hasta mis huesos.. Vaya como me miraba.
Me tomó de la cintura apretándome con fuerza hacia su pecho y comentó.. "Yo te voy a dar a tí calor.. mucho calor.. vas a ver". Tenía razón. La temperatura de la habitación subió a mil grados, o eso me pareció porque lo que siguió después fue abrasador. Mi jefe tenía una figura obesa, pesada, apenas podía conmigo, sin retumbar sus gemidos de placer por toda la habitación, pero qué duda cabe que sabía dónde había que tocar, cómo moverse, besarme toda, llevar sus manos donde más falta hacía para lograr el placer que no sólo quería para él. Sino que, como me comentaría después, necesitaba que yo participara activamente. Era muy inseguro y sabía que podía poseerme, destrozarme, pero interiormente necesitaba que yo chillara de placer compartido, que no me quedara pasiva.. Eso le sonaba a desamores de juventud y no lo soportaba.
No tenía que insistir mucho. Tanto jueguecito de miradas, de agachar y subir, me habían puesto lo suficientemente caprichosa, deseosa, que me excitaba. Me gustaba enormemente que aquél hombretón sufriera tanto por mis huesos.
Las cartas sirvieron para un amor sin prisas. Me rogó que me subiera encima de su pecho para lamerme de cerca toda, abriéndome para él.. Pequeños, extensos, iba provocando espasmos que decían que estaba disfrutando como hacía mucho tiempo.
En agradecimiento a tanto placer colaboré en aumentar el suyo comiéndole su miembro, duro, glotona de virtudes como aquella que quería ahora para mí. Cuando ya estaba que no podía más me pidió que me la metiera toda hasta dentro y me moviera deprisa, sin pausa, quería llegar a un final magnífico. A lo lejos, creí oír el "Aleluya". ¿Sería verdad?. Al terminar me preguntó con la mirada cómo me había ido. Me desarmó ese interés. Lo besé en la boca. Perfecto jefe.. Perfecto.